CCV – Responsabilidad
Leonor Bakún
Hay una fuerza suprema, la ley universal que impulsa todo hacia un propósito único. Todos nosotros existimos bajo esta ley. Y la formulación es sencilla: “Y amarás al Señor, tu Dios” está escrito de un modo o de otro en las distintas culturas.
Sin entrar a analizar si somos divinos por naturaleza o somos seres creados por Dios por mencionar una de los grandes temas, hay coincidencia en todos los grandes sistemas filosóficos y religiosos sobre el papel del amor como motor que mueve hacia lo divino del mismo modo en que hay coincidencia en que Dios es Uno.
Hay una oración, muy cara al judaísmo, que especifica: “lo amarás con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. O sea con todo lo que hay dentro de uno porque lo que estamos declarando es que queremos volvernos amorosos y benevolentes como Él. Describe el modo preciso de actuar en el mundo de acuerdo con la ley del amor.
Sin embargo, esta oración que resalta el amor es la oración que repetían los prisioneros de los Lager mientras caminaban hacia su muerte. Y esta es la enorme contradicción que maravilla y aterra. Jesús nos mueve hacia el amor mientras padece terribles sufrimientos. Y ni hablar de la vida de tantas Encarnaciones. Todas pasaron por grandes pruebas y todas nos pidieron que amemos.
Es casi imposible tratar este tema sin pensar en la responsabilidad. Responsabilidad de desandar caminos que nos llevan a la meta para generar situaciones que la mayoría de las veces sólo provocan dolor y miseria para muchos en un falso beneficio para pocos.
Swamiji lo dice con esa fuerza que lo caracteriza (cito): “Vedanta no propone el inadecuado remedio de cubrir con hojas de oro la herida infectada, poniendo más hojas de oro si apesta más. Esta vida es una ardua realidad. Valientemente, labra tu camino a través de ella. Vedanta no arroja la responsabilidad a pequeños dioses, porque ustedes son los arquitectos de sus destinos. Ustedes se causan sufrimiento, hacen bien y mal; ustedes son quienes se cubren los ojos con las manos y dicen que no pueden ver. ¡Quiten las manos y vean la luz! Ustedes son radiantes, perfectos desde el comienzo mismo Ahora entendemos el verso: “Va de muerte en muerte quien ve multiplicidad aquí.” Ve al Uno y sé Libre. (II.178-82).
Todo lo que hay es producto del deseo. Nosotros, el mundo es producto de un deseo. Somos hijos del deseo de Dios y por eso somos perfectos, porque de lo perfecto nace lo perfecto, pero también somos productos del deseo y por eso somos seres contraídos. Somos producto del deseo y por eso deseamos. El tema es ser honestos y saber qué queremos, porque cada deseo es una semilla que plantamos en nuestra vida y aunque protestamos por lo que nos pasa, nos olvidamos de que estamos viviendo lo que hemos querido. Somos el resultado de nuestro deseo. El mundo que vivimos es el que hemos creado con nuestro deseo.
Y sí, somos responsables cada vez que elegimos, que decidimos sin tener en cuenta al prójimo, a ese que según los mandamientos hay que amar como a uno mismo, mandamiento que debería ser considerado con atención. Ese prójimo del que hablamos, ese que llamamos otro es también nosotros que somos otros para los demás. Ese prójimo al que más de una vez se lo lastima, se lo humilla, no se lo considera es un nosotros que probablemente sufra el mismo trato. Si no construimos un nosotros “nuestro” puede llegar a suceder que en un tiempo no muy lejano nos arrepintamos de no haberlo siquiera intentado. Entonces, cada vez que actuamos se abre una bifurcación: actuamos considerando al prójimo como a uno mismo o seguimos ignorando que el camino es el amor.
Vivimos en un mundo interconectado. Eso implica en cierto modo no solo una inclusión en una comunidad sino también una dependencia. Vivimos en algún barrio, ciudad, provincia país. Tenemos una actividad, necesitamos de otros que tienen otras actividades. Según nuestro rol en la familia, en el trabajo, tenemos alguna responsabilidad, lo que significa tomar decisiones y arriesgarse, aunque no siempre esas decisiones sean fáciles, ni estemos seguros de que la decisión es la correcta. Asumir una responsabilidad, es tener un objetivo e involucrarse. También es estar dispuestos a la evaluación, propia y ajena, a la crítica y a la reflexión.
Este es un momento particularmente difícil en el que el mundo oscila entre posturas antagónicas. Aun cuando se admire al avestruz por su capacidad de aislamiento, las consecuencias de esta situación no permiten imitarlo. La misma vida nos obliga a procurar alcanzar equilibrio, conexión con los otros y cuando cada uno piensa sólo en sí mismo y explota a los demás y al entorno, nos sacude con fuerza. Frente a ello las reacciones tienen pocos caminos: asustarse y procurar alejarse, continuar pese a todo con la vida conocida o ver esta dificultad como un desafío y luchar para superarlo.
El hombre crea, crea vida, construcciones. Continuamente intenta adueñarse de lo perfecto. Está asistido en esa tarea por elementos sagrados, por seres santos. Produce objetos rituales, estudia y lee textos sagrados como los Upanishads, la Biblia, el Tao y el Corán entre los más conocidos. Lo sagrado acompaña la vida y es una forma de vivir efectiva.
Interiorizar una fuerza única y que todo lo que sucede, tiene como propósito impulsarnos hacia el amor universal, nos lleva a comprender que no existe ninguna otra fuerza operando en la realidad.
Lograrlo implica examinar constantemente si lo que creemos que es amar, lo es. Implica ser responsables y conscientes de que ese otro somos nosotros, de que ese Dios que llamamos Uno es el mismo para todos, no sólo para una elite de usuarios y actuar en consecuencia.


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