Swami Sarvapriyananda
CHARLA 2/10/26
Swami Sarvapriyananda: Cómo pasar de creerse «un cuerpo con conciencia» a reconocerse como «Conciencia que atestigua un cuerpo y una mente?».
El materialismo intenta reducir la Conciencia a la materia, afirmando que el cerebro genera la conciencia. Sin embargo, se topan con el llamado Problema Difícil de la Conciencia: podemos descomponer los procesos cerebrales en actividad eléctrica y neuroquímica, pero nada en una señal eléctrica explica la experiencia cualitativa de escuchar música, ver un atardecer o sentir dolor. La complejidad reside en el objeto experimentado; la Conciencia que experimenta es simple, es como luz pura.
Hoy en día existen cientos de teorías en debate sobre la conciencia, lo cual demuestra que la ciencia materialista aún no sabe cómo explicarla desde la materia. En cambio, si partimos de que la Conciencia es lo primario, la ontología y la epistemología se alinean perfectamente: lo primero en nuestra experiencia directa es que somos conscientes, y dentro de esa Conciencia aparece la materia.
En el Vedanta, Sat-Chit-Ananda (Existencia, Conciencia, Dicha) unifica todas las ramas de la filosofía:
El fundamento ontológico de la realidad es la Existencia (Sat).
El fundamento epistemológico del conocimiento es la
Conciencia (Chit).
El fundamento axiológico del valor y la belleza es la Dicha
(Ananda).
Y la afirmación más asombrosa del Advaita es: Eso eres tú.
La parábola del décimo hombre
Para ilustrar esto se utiliza la clásica historia del décimo hombre
(presente en textos como el Panchadashi):
Diez amigos cruzan un río caudaloso. Al llegar a la otra orilla, quieren asegurarse de que todos cruzaron a salvo. Uno de ellos empieza a contar: «1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9... ¡Falta uno! ¡El décimo se ahogó!». Otro cuenta y vuelve a contar nueve. Todos rompen a llorar desconsolados por la pérdida del amigo.
Pasa un sabio y les pregunta por qué lloran. Le explican que eran diez y solo quedan nueve. El sabio cuenta rápidamente a los diez presentes y comprende el error. Les dice: «El décimo hombre está vivo. Vuelve a contar». El hombre cuenta: «1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9».
Entonces el sabio le toma la mano, se la apunta hacia su propio pecho y le dice: «¡Tú eres el décimo!» (Dashamo Tvam Asi). El hombre comprende al instante: «¡Ah, yo soy el décimo!». Todos hacen lo mismo y su tristeza desaparece de inmediato.
Esta historia ilustra las etapas del camino espiritual:
1. La ignorancia de la propia naturaleza.
2. El error que genera sufrimiento y llanto (samsara).
3. El conocimiento indirecto cuando el maestro afirma que la verdad existe.
4. La realización directa (Aham Brahmasmi / Yo soy Eso) cuando el error se disuelve.
5. El cese definitivo del sufrimiento y el florecimiento de la dicha.
Práctica guiada de autoindagación
El cuerpo: Llevemos la atención al cuerpo. Sintamos las
sensaciones internas, el calor, los puntos de apoyo. El cuerpo ha cambiado desde la infancia hasta hoy, pasando por constantes transformaciones, pero el «Yo» que atestigua esos cambios es siempre el mismo. El cuerpo es lo observado; yo soy el observador. El cuerpo no es consciente por sí mismo; yo soy la Conciencia que lo conoce. Yo no soy el cuerpo.
La respiración: Observemos el aire entrando y saliendo,
largo o corto, profundo o superficial. La respiración fluye y cambia continuamente; el Testigo que observa la respiración no cambia. La respiración no es consciente de mí ni de sí misma; yo soy consciente de la respiración. Yo no soy la respiración.
La mente: Observemos los pensamientos, recuerdos, emociones y deseos que surgen y desaparecen. La mente cambia de la inquietud a la paz; el Testigo permanece inmutable. Si pensamos «A, B, C, D», somos conscientes de ese pensamiento; el pensamiento no es consciente de nosotros. Yo no soy la mente.
El intelecto: Observemos el instrumento que analiza y comprende, que pasa del no saber al entender. El intelecto cambia con cada nuevo aprendizaje; el Testigo conoce los estados del intelecto. Yo no soy el intelecto.
El vacío/ausencia: Si dejamos caer el cuerpo, la respiración, los pensamientos y el intelecto en una quietud semejante al sueño profundo, esa aparente nada también es presenciada.
¿Ante quién o qué aparecen el cuerpo, la energía, la mente, el intelecto y su ausencia? No intentes responderlo verbalmente: sé esa presencia.
Al abrir suavemente los ojos, esa luz pura de la Conciencia que atestiguaba la mente y el cuerpo sigue estando presente, inalterada, experimentando el entorno. Esa luz es lo que verdaderamente somos. Como cantaba Shankaracharya en el Nirvana Shatakam: «No soy la mente, ni el intelecto, ni el ego, ni la memoria... Yo soy Conciencia y Dicha pura, soy Shiva, soy Shiva».
La verdadera naturaleza de la renuncia (Vairagya)
André Duqum: Esta práctica muestra cómo el entendimiento intelectual se convierte en una vivencia directa. Nos libera del paradigma posmoderno que sostiene que la felicidad proviene de
acumular dinero, seguidores o poder externo. Esto se conecta con el verdadero significado de la renuncia, no como un mero aislamiento en el bosque, sino como una actitud interior. Como decía Sócrates al ver el mercado de Atenas: «¡Cuántas cosas hay en este mundo que no necesito!».
Swami Sarvapriyananda: La renuncia es fundamental. Swami Vivekananda decía que la renuncia es el punto de inflexión en todos los yogas; la espiritualidad comienza con la renuncia.
Lo opuesto a la renuncia es andar por el mundo con un tazón de mendigo pidiéndole a los objetos y a las personas: «Hazme feliz, trátame bien, dime cosas bonitas». Hacemos depender nuestra plenitud de cosas externas cuando nuestra verdadera naturaleza ya es completa. Como luz pura, ¿qué necesito? Nada. ¿A qué letemo? A nada. El miedo y la necesidad surgen cuando la mente toma el control.
En el momento en que me reconozco como Conciencia, reconozco que todos los seres son esa misma Conciencia. Como dijo Schrödinger: «La conciencia es un singular sin plural». Somos una sola luz brillando a través de múltiples cuerpos y mentes. Como dice Krishna en la Bhagavad Gita: «Lo indiviso aparece como si estuviera dividido en muchos».
Renunciar significa comprender que este mundo no puede otorgarme una plenitud que ya poseo en mi interior. No se trata necesariamente de abandonar a la familia o irse a una cueva.
Nisargadatta Maharaj, tras alcanzar la iluminación, pensó en marcharse a los Himalayas, pero luego reflexionó: «Lo que he encontrado en los Himalayas está igualmente presente aquí en mi pequeña tienda de cigarrillos en Bombay», y vivió allí con inmensa paz.
En la Isha Upanishad se enseña: «Todo lo que se mueve en este universo debe ser cubierto por Dios».

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