sábado, 3 de noviembre de 2018

Artículo por la Councelor Veronica Pomerane




Dios está en nosotros, pero nosotros no estamos en Dios. Es por eso que hay tanto sufrimiento. No sabemos que Dios está en nosotros, y el propósito de la meditación es que nos provea una prueba directa.
De acuerdo con el Mundakopanishad, el conocimiento es de dos categorías.
Uno es el conocimiento secular, y puede aportarnos en el mejor de los casos, una comprensión intelectual.
El otro es el conocimiento sagrado, gracias al cual uno realiza la verdad, el Atman o Brahman.
Si deseamos adquirir este Conocimiento Superior es esencial que nos sometamos a una disciplina apropiada.
La meditación es el medio a nuestra disposición que nos conducirá hacia nuestra meta.
Desde el punto de vista hindú, la esencia de la meditación consiste en transferir el centro de nuestra conciencia desde un plano inferior a otro superior.
La tarea principal a la que el aspirante debe dedicarse consiste en establecer la más completa armonía entre el cuerpo y la mente.
La vida mística nos plantea un drama. Una aspiración profunda nos lleva hacia la vida espiritual, pero nuestro cuerpo se niega a colaborar. Nos dividimos entre dos tendencias opuestas. Por un lado sentimos la
necesidad de acercarnos a la verdad. Por el otro, también sentimos todas las fuerzas que van en su contra debido a inumerables causas. Nos encontramos atrapados en un remolino peligroso y no sabemos como escapar de él. Nuestro cuerpo y nuestra mente están en conflicto entre sí. Es esencial que disminuyamos el conflicto y aliviemos las heridas. En el comienzo mismo la meditación demanda disciplina.
La concentración es el primer paso para meditar.
Lo que da un valor especial a nuestro esfuerzo por concentrárnos es el propósito que escogemos.
El Ideal se convierte en el modelo a imitar a cada momento de nuestra vida. Si nos mantenemos permeados por tal pensamiento, podremos despertar las fuerzas que estan latentes dentro de nosotros. Nos ayudarán en nuestra purificación interna y nos acompañarán en
nuestra transformación, en una ofrenda cada vez más interna. Si sabemos cómo concentrar todos nuestros pensamientos en un objeto determinado, nos será posible identificarnos a nosotros mismos con ese objeto en el que meditemos.
La dificultad está en nuestra incapacidad de elevarnos por sobre nuestra individualidad.

Japa y meditación son los dos medios a través de los cuales alcanzamos nuestro ideal personal, Ishta.
La consecuencia del japa no es solamente la purificación de nuestro ser, sino que gracias a su propia naturaleza objetiva, y a lo que se manifiesta por el sonido, el mantra nos introduce en la presencia de lo Divino.
En India existe la firme creencia de que el mantra es lo Divino en persona.
Cada aspecto Divino tiene una forma y un nombre que le pertenece. El nombre y la forma no pueden separarse uno del otro. El aspirante que se dedica por completo a la meditación ya no se identifica a sí mismo con las corrientes subconscientes de la fuerza de los instintos.
Gracias al japa y a la meditación es totalmente posible dominar las reacciones nerviosas y acrecentar día a día la fuerza de voluntad. De esa manera, uno logra reunir las fuerzas dispersas. El aspirante espiritual adquiere así la habilidad de revertir el curso normal de su energía vital.
El esfuerzo debe continuarse en el curso de la vida normal. De a poco creamos una corriente continua de pensamientos, los cuales convergen en nuestro ideal. Sólo de esta forma podremos acercarnos a El, y solo así
podremos adquirir el estado de Brahman.
Cada vez que el peligro nos amenaza, tomemos refugio en el asilo inviolable, en el centro de nuestra conciencia.