lunes, 8 de octubre de 2018

SEGUIR APRENDIENDO: Profesora Leonor Bakún (22/9/18)




El poder de la palabra
Hay dos lenguas que son muy antiguas. Ambas pertenecen a culturas que han tenido gran peso en la historia de la humanidad. Una es el sánscrito y la otra es el hebreo. No sé cual nació primero pero sí podemos ver que hay algunas coincidencias que las hacen cercanas, no sé en el tiempo e ignoro si en el espacio aunque ambas tienen su cuna en Oriente.
En ambas culturas el sonido es creación. En una hablamos del Om, el sonido, la sílaba a partir de la cual nace todo. En la otra, la Torá dice: Dios dijo hágase la luz y la luz se hizo. O sea, Dios dice, no sabemos en qué idioma, no sabemos si combinó sonidos que sólo Él conoce, tampoco sabemos quién escuchó y si alguien lo escuchó pero sí sabemos que la luz se hizo.
Curiosamente, cuando la ciencia habla del Big Bang, ese gran estallido cósmico, las etapas que los científicos dicen que han sucedido en el desarrollo del universo, se corresponde con lo sucedido en los días de la semana en la que Dios creó el mundo.
Volviendo al sánscrito y al hebreo, además de ser dos lenguas que conjugan los verbos en masculino y en femenino (la mayoría solo lo hace en singular y plural) comparten una característica muy importante y es que las letras de ambos alfabetos tienen valor numérico. Cada palabra tiene peso no sólo por su significado sino también por su valor numérico. Imaginen, lo que puede ser llegar a saber qué valor tiene el verdadero nombre de Dios, el nombre Todopoderoso, nombre que, por otra parte, según la tradición hebrea nadie conoce.
Esa idea la han trabajado distintos autores. Uno de ellos es J. L. Borges. Escribió “La escritura de Dios”. En ese cuento, el protagonista, un sacerdote que lo está pasando muy mal descubre el Nombre. Usarlo le permitiría salir de toda esa situación, pero él se da cuenta de que entonces, el mundo volvería a pasar, que todo volvería a pasar y decide no usarlo. Una decisión muy fuerte, tomada desde el poder que le confiere el conocimiento.
Otro autor es Arthur Clarke, un astrónomo reconocido y también un reconocido autor de ciencia ficción, entre otras cosas escribió 2001, Odisea del espacio. Pero el cuento al que quiero referirme es “Los nueve mil millones de nombres de Dios”. Ahí relata como un grupo de lamas tibetanos compra una computadora de última generación para realizar un trabajo que de otro modo les hubiera llevado quince mil años. El tema es sencillo, mediante distintas combinaciones, quieren hallar el nombre de Dios, que según ellos es la tarea del hombre. Una vez que la hagan, está todo hecho.
Entonces, la aventura es la de la palabra, descubrirla significa tener todo el poder que esa palabra posee y eso no pasa solo con el nombre de Dios, pasa con todo lo que se nombra ya que, al nombrarlo, está hecho. Entonces, las palabras no son inocentes, tienen poder, golpean, acarician. En Babel los hombres se unieron para hacer juntos una torre que llegara al cielo. Dios los confundió creando los idiomas. Hoy no necesitamos hablar distintos idiomas para confundirnos.

Hoy, más que nunca, necesitamos cuidar lo que decimos, lo que ponemos dentro de las palabras. Debemos ser conscientes del poder que ejercemos cuando hablamos.