lunes, 25 de junio de 2018

SEGUIR APRENDIENDO: Lic. Noemi Villacorta






Cuento: El país de las cucharas largas

Aquel señor había viajado mucho. Había visitado cientos de países reales e imaginarios.
Uno de los viajes que más recordaba era su corta visita al País de las Cucharas Largas. Había llegado por casualidad, tomando un desvío, cuando se dirigía a otro destino. El sinuoso camino terminaba en una sola casa enorme, dividida en dos pabellones: un ala Oeste y un ala Este. En la puerta, un cartel anunciaba
  * País de las Cucharas Largas*
"Este pequeño País consta sólo de dos habitaciones llamadas NEGRA y BLANCA. Para recorrerlo, debe avanzar por el pasillo hasta que este se divide y doblar a la derecha si quiere visitar NEGRA, o a la izquierda si lo que quiere es visitar la habitación BLANCA."
El hombre avanzó por el pasillo y el azar lo hizo doblar primero a la derecha. Desde los primeros pasos por el pasillo, se escuchaban los "ayes" y quejidos
que venían de la habitación negra.
Por un momento las exclamaciones de dolor y sufrimiento lo hicieron dudar, pero siguió adelante. Llegó a la puerta, la abrió y entró.
Sentados alrededor de una mesa enorme, había cientos de personas.
En el centro de la mesa estaban los manjares más exquisitos que cualquiera podría imaginar y aunque todos tenían una cuchara con la cual alcanzaban el plato central... se estaban muriendo de hambre. El motivo era que las cucharas tenían el doble del largo de sus brazos y estaban fijadas a sus manos. De este modo todos podían servirse, pero nadie podía llevarse el alimento a la boca.
La situación era desesperante y los gritos tan desgarradores, que el hombre dio media vuelta y salió huyendo del salón.
Volvió al hall central y tomó el pasillo de la izquierda que iba a la habitación blanca. Un corredor igual al otro terminaba en una puerta similar. La única diferencia era, que en el camino, no había quejidos, ni lamentos. Al llegar a la puerta, el explorador giró el picaporte y entró en el cuarto.
Cientos de personas estaban también sentados en una mesa igual que en la habitación negra. También en el centro había manjares exquisitos. También cada persona tenía una larga cuchara fijada a su mano...
Pero nadie se quejaba ni lamentaba. Nadie estaba muriendo de hambre, porque todos... se daban de comer unos a otros!!!
El hombre sonrió, se dio media vuelta y salió de la habitación blanca. Cuando la puerta se cerró, se encontró misteriosamente en su propio auto.

Recitación melodiosa: "....No yo; no yo/
Sino Tú, tú"