jueves, 19 de octubre de 2017

PESCADOR DE ALMAS: (por RFH)





PESCADOR DE ALMAS: (por RFH)
Estábamos mateando en la cocina de la casa que Javier Molins acababa de alquilar en El Bolsón. Los demás estaban charlando y yo estaba distraído mirando las montañas por la ventana. Se me ocurrió levantarme y recorrer la casa, que se la habían alquilado con muebles. Me llamó la atención una biblioteca que había en el living repleta de libros y empecé a recorrer los títulos. Me detuve en uno que decía “Evangelio de Ramakrishna”. Lo saqué del estante y me volví a la cocina para hojearlo tranquilo en la mesa. Recuerdo, como si fuera hoy, que a medida que lo iba hojeando aquí y allá, esas palabras claras y sencillas pero de una profundidad maravillosa, iban entrando en mi corazón y generando un eco interminable de felicidad y un asombro inexpresable. Todo era Dios. De lo único que hablaba era de Dios. Como muchos otros católicos, yo ya había leído y releído la Santa Biblia, claro está. También había leído unos Evangelios Apócrifos de una pequeña colección que habían sacado Borges y Bioy Casares, la Imitación de Cristo de Thomas de Kempis, las vidas de algunos santos y santas de la Iglesia. También había hojeado a Jiddu Krishnamurti, a Daisetzu Teitaro Suzuki, Eugen Herrigel y cuanto libro sobre orientalismo tuviera la triste fortuna de caer en mis manos. Todo esto me había encantado. Todos éstos hombres y mujeres dedicados a la búsqueda de Dios me parecían increíbles y había disfrutado de sus palabras con distinta intensidad. Pero éstas palabras maravillosas de Ramakrishna cambiaron mi vida para siempre. 
En mi cabeza empezaron a girar locamente sus palabras, que me parecían un néctar refrescante y revelador. Palabras que eran testimonio de la existencia de Dios y de la facultad inherente a todos los seres vivientes de experimentar a Dios, de verlo frente a frente, por decirlo de algún modo.
Impulsado por el irresistible poder de sus palabras comprendí en pocos días que la repetición del nombre de Dios, la necesidad de frecuentar la santa compañía, la comprensión de que Dios es uno solo y que las distintas religiones son distintos modos de llegar a Él de acuerdo a las necesidades de cada época y lugar, no eran otra cosa más que la pura verdad.
Aquella lectura me hizo entender de una vez por todas que hasta el peor de los seres vivientes puede aspirar a la experiencia de Dios, porque en cada átomo está presente Dios en toda su magnitud, ese Dios que algunos llamamos Jesús y otros llaman Krishna o Rama o Padre o Madre Divina o Sat-Chit-Ananda (absoluta existencia conciencia y dicha) o Aquello, Lo Absoluto, Lo Sin Nombre o "Nada", como bien describió San Juan de la Cruz al haber experimentado la visión divina y comprender que no hay palabras ni ideas que pudieran expresar ese estado maravilloso.
Todas éstas ideas se fueron convirtiendo en sentimientos, en emociones, para después convertirse en bengalas encendidas en mi mente, que giraban como locas arrastrando todos mis previos conceptos sobre la existencia de Dios.
Las palabras de Sri Ramakrishna atravesaron mi corazón de piedra en solo un instante de lectura y le dieron a mi vida un impulso poderoso que salió disparado desde lo más profundo de mi alma, un impulso que ni el mundo con todos sus altibajos, alegrías y sufrimientos ni todas las oscuras miserias de mi corazón han podido apagar en estos 40 años que pasaron desde aquel día inolvidable.
- (por RFH)