lunes, 17 de abril de 2017

SEGUIR APRENDIENDO: Sra. Norma Liliana Sobrero






Del libro “Conversaciones de Sri Sarada Devi”
Consejo a la madre de un monje:
Un día, la madre de un monje le pidió a la Santa Madre que convenciera a su hijo para que retornara a la vida hogareña.  La Madre le dijo: “Es una rara buenaventura ser la madre de un monje. La gente no se puede librar ni siquiera del apego que siente por un objeto de bronce.  ¿Es una cosa fácil renunciar al mundo? Tú eres su madre, ¿por qué tienes que afligirte? Aunque tu hijo es ahora un sadhu, él cuidará de ti”
En este consejo y con el ejemplo de su vida la Santa Madre nos muestra el renunciamiento, el desapego y la entrega. Ella vivió al lado de Sri Ramakrishna, una Encarnación Divina, como su consorte espiritual. Durante ese tiempo lo apoyó, lo acompañó, escuchó su palabra, siguió su consejo, convirtiéndose en su devota incondicional. Permaneció a su lado, renunciando a ser una mujer normal, de vida hogareña, para ser la consorte de un Ser Divino, aceptando esa condición. Entregó su vida a ese Ser, cuidó de su hogar, se ocupó personalmente del cuidado de su marido pero además tuvo una maravillosa vida espiritual, entregada a la oración, repetía todo el día el Santo Nombre e instaba a los discípulos a imitar su devoción. Eso habla de su grandeza, de su humildad y de su absoluta devoción al Dios que habitaba en Él.Después de la partida de Sri Ramakrishna, La Santa Madre continuó con su labor espiritual, acompañando  como su Madre a los discípulos directos de Thakur, recibiendo a los devotos, dando iniciación, aconsejando a quienes se acercaban a Ella.  Entregada a continuar con el trabajo de Sri Ramakrishna.                                                                                                                               Haciendo un paralelo con su vida, y salvando las distancias de época y momento de la historia, encontramos a otra mujer que nos enseña con el ejemplo, la práctica del renunciamiento, el desapego y la entrega. Esa mujer es la Virgen María. Quien sin dudar, ante el ángel Gabriel que le anunciaba que en su vientre gestaría al hijo de Dios, sólo contestó “Soy esclava del Señor, que se haga en mí su voluntad”. En un claro ejemplo de renunciamiento y entrega.En relatos de la historia de Jesús, La Madre está presente acompañándolo e incluso no cuestionando lo que aún no llegaba a comprender. María es quien impulsa el ministerio de Jesús cuando,  en oportunidad de encontrarse en una boda en Caná, en Galilea, le hace notar que se están quedando sin vino y le pide a Su Hijo que los ayude, a lo que Él responde que aún no era su hora, sin embargo Su Madre le hace acercar unas tinajas de agua a los sirvientes y los instruye diciéndoles: “hagan lo que Él les diga”. En ese momento Jesús realiza su primer milagro. Su primer signo, en el que  revela su Ser. Finalmente volvemos a ver a María a los pies de la cruz de Su Hijo, atravesada por el dolor en su rol de madre, consciente de que el Ser Divino que habita en Él debía trascender esa prueba, y así, una vez más, renuncia a su sentimiento y acepta el destino que Dios había dispuesto para Su Hijo. Ahora re significando su rol, ya no sólo como Madre del Hijo de Dios, sino transformándose en La Madre de todos, como el legado que Jesús nos dejó antes de partir a la presencia del Padre.
El ejemplo de estas dos Maravillosas Mujeres, que nos enseñan su amor absoluto a Dios, su renunciación a las cuestiones de la vida del mundo, su total devoción y entrega a Dios y a los Seres Divinos con los que compartieron sus vidas, me lleva a una última reflexión..
¿Cómo traducimos en nuestras vidas estos ejemplos?
¿Cómo hacemos para llevar a la vida práctica, al día a día, esta forma de devoción, de amor, de entrega, de renunciamiento?
¿Cómo mostramos al mundo nuestro amor a Dios?
¿Cómo ofrecemos a nuestros hermanos nuestro corazón sabiendo que en cada uno de ellos también habita ese Dios que adoramos? Aun cuando ese hermano no sea de nuestro agrado por su forma de actuar en la vida, por su forma de tratarnos… ¿Somos capaces de reconocer la divinidad que también habita en él?
Sería bueno que pudiéramos poner en práctica una mirada misericordiosa sobre quienes nos rodean, poder mostrar la obra de Dios en nosotros, que no quede sólo en palabras y lecturas. Si podemos conseguir esto todo puede comenzar a cambiar, las relaciones en nuestro círculo más cercano y, de a poco, se iría extendiendo hacia afuera, los vecinos, la ciudad, el país, el mundo. Sé que posiblemente nosotros no lo lleguemos a ver, pero en algún punto hay que comenzar. Por el futuro, por los que vengan después de nosotros, que podamos tener un mundo mejor, en el que la gente pueda ser capaz de convivir en paz, plenos de amor de Dios.