lunes, 6 de julio de 2015

Sra. Noemi Lavagno: La Presencia de Dios...


Imagen: El Hermano Lorenzo en la cocina


Noemi Lavagno

Compartido públicamente.  -  11:13
 
La Presencia de Dios

Dios sabe mejor que nadie lo que necesitamos, y todo lo que hace es para nuestro bien. Si supiéramos cuánto nos ama, siempre estaríamos listos para recibir por igual y con indiferencia
de su mano lo dulce y lo amargo, nos complacería todo lo que viene de Él. Las aflicciones más acuciantes no parecen insoportables, salvo cuando las vemos con la luz equivocada. Cuando las
vemos en la mano de Dios, que es quien las dispensa, cuando sabemos que es nuestro Padre amante quien nos humilla y nos aflige, nuestros sufrimientos pierden su amargura, y llegan a
ser hasta materia de consuelo.
Que toda nuestra ocupación sea conocer a Dios: mientras más se le conoce, más se le desea conocer. Y como el conocimiento es comúnmente la medida del amor, mientras más profundo y extenso sea nuestro conocimiento, mayor será nuestro amor: y si nuestro amor a Dios fuera grande le amaríamos igualmente en los dolores y en los placeres.
No nos distraigamos buscando o amando a Dios por favores sensibles (no importa cuán elevados) que nos ha hecho o pueda hacernos. Tales favores, aunque nunca muy grandes, no
pueden acercarnos a Dios como la fe lo hace en un simple acto. Busquémoslo a Dios frecuentemente por la fe, Él está en nosotros. No le busquemos en otro lugar ¿No somos desconsiderados y dignos de reprensión, si le dejamos solo, para ocuparnos por insignificancias que no le agradan y quizás le ofenden? Debemos temer que estas insignificancias algún día nos cuesten caro.
Comencemos a dedicarnos a Él con gran fervor. Arrojemos todo lo que hay de irrelevante en nuestro corazón. Sólo Él debe poseerlo por completo. Supliquemos este favor de Él. Si hacemos lo que podemos de nuestra parte, pronto veremos el cambio que anhelamos. No puedo agradecerle lo suficiente por el alivio que te ha concedido.

El Hermano Lorenzo - Práctica de la Presencia de Dios.

«El secreto de mi vida —comentaba— es que he logrado vivir como si a la tierra la habitaran solamente dos personas: Dios y yo». Juntos, Lorenzo y el Señor cocinaban, realizaban las compras, fregaban los pisos, limpiaban las ollas y soportaban el desprecio de otros que se consideraban más importantes. Para vivir en esa comunión perenne con Dios se necesita disciplinar la mente y el corazón, que con tanta frecuencia se desvían hacia ocupaciones menos productivas. La falta de sofisticación y preparación teológica de Lorenzo le resultaron singularmente favorables, pues fijó sus ojos en la persona de Dios con una devoción poco común entre los hombres.