CCV – Actitudes
Leonor Bakún
Cierta vez, un mono fue a ver al Señor Buda y le dijo que él era el rey de los monos, que era muy poderoso y, para reafirmar lo dicho, desplegó sus numerosos atributos.
El Señor Buda no pareció muy impresionado con la presentación y entonces, el rey de los monos decidió demostrar quién era. Faltaba más, haría proezas tan grandes que todos lo reconocerían, hasta el Señor Buda.
Anunció que daría la vuelta al mundo y partió en el acto. En el trayecto escaló altas montañas, atravesó umbrías selvas y calurosos desiertos. Cruzó peligrosos ríos, vadeó arroyos y arroyuelos y finalmente regresó ante el Señor Buda a quién relató con lujo de detalles sus numerosas aventuras.
Después de escuchar su relato, el Señor Buda, con una tierna sonrisa, le dijo: “Mirá dónde estás” y cuando el mono miró a su alrededor se dio cuenta de que el Señor Buda tenía tendida su mano y sobre ella estaba él, el rey de los monos.
Jamás había ido más allá de la mano de Dios.
Quizás el punto de partida sea comprender que uno está haciendo monerías en la mano de Dios y tratar entonces de acercarse lo más posible a Aquel que lo sostiene.
El tema es que cuando se habla de punto de partida está implícito el concepto de que hay un camino a recorrer, una meta a la cual llegar, algo ya está delineado, trazado, esperándonos. La pregunta es: ¿sabemos eso? ¿lo descubrimos de a poco? ¿lo descubrimos alguna vez?
Los grandes sistemas místicos alguna cosa nos dicen sobre el tema. En Cábala, por ejemplo, se habla de aquello que sabemos antes de nacer como es el caso de respirar. También coinciden en señalar que es la gracia de Dios la que nos concede la compañía, la presencia, de los seres santos que obran como faros de luz y a través de su ejemplo nos hacen comprender que somos uno con Dios. Sin el contacto con un ser santo nos será muy difícil comprenderlo y mucho menos intentar lograrlo. Nos muestran que es posible retirar de nuestro espíritu aquello que lo turba y penetrar en su propia profundidad. Cuando atisbamos, aunque sea por un instante, esta posibilidad, es cuando comenzamos a dejar de hacer monerías.
Claramente hay un camino, pero necesitamos que alguien nos dé, por así decirlo, el mapa de carretera.
Se necesita el Guru y esto, por cierto, no es un descubrimiento original y tampoco algo propio de una sola cultura. Ya vimos cómo los grandes sistemas místicos lo señalan, pero también la filosofía se ocupa del tema. Para dar un ejemplo, Epicuro, un filósofo griego, escribe en su conocida Carta a Meneceo: “Hay que meditar en lo que produce la felicidad, ya que cuando está presente lo tenemos todo y, cuando falta, todo lo hacemos por poseerlo.”
Epicuro llega a Atenas por primera vez en el 323 a.C., que es el año en que muere Alejandro de Macedonia. Es una fecha clave en la que el mundo está cambiando en forma trágica. El cosmos ordenado y seguro se derrumba. Las murallas de la ciudad caen y el hombre se encuentra solo, inerme en un sitio que se vuelve inmenso y peligroso. Se ha convertido en un juguete de “Tiqué”, la diosa de la fortuna y dedica todos sus esfuerzos religiosos a tratar de aplacarla y tenerla de su parte. Es en este escenario donde habla de felicidad.
Filosóficamente está bastante consensuado hoy, llamar moral al modo en que los hombres se mueven en sus acciones y en ellas diferencian bien, mal, prohibido, permitido, ley, obligación. Cuando eso se convierte en objeto de análisis hablamos de ética. La ética es un pensamiento crítico, una reflexión sobre la moral. Esta reflexión tiene que fundamentar el bien, la acción correcta y analizar el modo en que estos conceptos se sostienen. Por eso se dice que no se puede hablar de ética sin hablar de felicidad, placer, deber, amor o justicia.
Felicidad en griego se dice “eudaimonía”. “Eu” significa bien y “daimon”, deidad. Ser feliz es estar en armonía con la deidad que es el modelo de felicidad que el Maestro tiene como guía para sus discípulos. La escuela de Epicuro y la escuela estoica postulan, desde distintos ángulos, una ética de la felicidad vinculada con la virtud, elemento de conjunción entre la felicidad y la moralidad. Por cierto no son los únicos, andando el tiempo y la geografía Cicerón se ocupará de estos temas.
También en Oriente encontramos datos sobre el tratamiento de este punto. Patanjali, en el Libro segundo. Aforismo 27, cuando habla de los estados de conciencia señala como uno de ellos el Deseo de felicidad que define como una cualidad básica en todos los seres humanos, aunque se manifiesta de manera muy diversa. El descontento por la condición presente está basado en el vago recuerdo de una época de satisfacción y bienaventuranza. Lo coloca junto al Deseo de conocimiento que es la causa de toda experiencia, el Deseo de liberarse que es el anhelo por una condición diferente y el Deseo de cumplir con el propio deber que es el móvil de la vida, es el cumplimiento del propio dharma. Esta tendencia es el principio de la vida de servicio.
El hombre aspira a una realización que denomina felicidad. El hombre se hace a cada instante, se define cuando asume, o no, su responsabilidad por lo hecho. Nada está predeterminado. Todo puede darse. En la vida normal nuestra mente se modifica constantemente y por ello no podemos conocer nuestra auténtica naturaleza. La conciencia es la que no cambia, lo que cambia es la materia, por eso la tarea es expandir la conciencia. Dicen los sabios que para lograrlo sería bueno prestar atención a las situaciones inconfortables de nuestra vida. Esas que parecen cumplir con la ley del eterno retorno. Que se instalan y reaparecen con continuidad y recurrencia. Quizás un modo de empezar a dejar de hacer monerías sea tratar de ser diferentes ante lo mismo.
JT, JM

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