domingo, 7 de febrero de 2021

SEGUIR APRENDIENDO: Counselor Veronica Pomerane: (8-02-2021)

 



El hombre, tal cual lo conocemos no es un ser perfecto. La naturaleza lo desarrolla hasta cierto punto y luego lo abandona, dejándolo seguir su desarrollo por su propio esfuerzo e iniciativa, o vivir y morir como nació, o aun degenerar y perder su capacidad de desarrollo. Lo que no evoluciona, involuciona. Nada se queda en su lugar ya que todo está en proceso.

La evolución del hombre significaría el desarrallo de ciertas características interiores que habitualmente permanecen embrionarias y que no pueden desarrollarse por si solas.

La experiencia y la observación muestran que ese desarrollo no es posible sino en condiciones bien definidas y exige esfuerzos especiales por parte del hombre mismo así como una ayuda suficiente por parte de aquellos que emprendieron antes que él un trabajo del mismo orden y llegaron a cierto grado de desenvolvimiento.

Debemos partir de la idea de que sin esfuerzo la evolución es imposible y que sin ayuda es igualmente imposible.

Tras lo cual debemos comprender que en el camino del desenvolvimiento el hombre debe tornarse un ser diferente.

Después debemos comprender que no todos los hombres pueden desarrollarse y llegar a ser seres diferentes. La evolución es cuestión de esfuerzo personal, y con respecto a la masa de la humanidad es una rara excepción. Esto tal vez parecerá extraño, pero debemos comprender no sólo que la evolución es rara sino también que se torna cada vez más rara.

Por qué no todos los hombres pueden desarrollarse y tornarse seres diferentes?

La respuesta es muy simple. Porque no lo desean. Porque nada saben acerca de ello, y aun si se les dice, no podrán comprenderlo antes de haber sido largamente preparados.

La idea esencial es que para convertirse en un ser diferente el hombre debe desearlo profundamente y durante mucho tiempo. Un deseo pasajero o vago, nacido de una insatisfacción respecto a las condiciones exteriores no creará un impulso suficiente.

La evolución del hombre depende de su comprensión de lo que puede adquirir y de lo que tiene que dar para eso.

Si el hombre no lo desea, o no lo desea bastante intensamente y no realiza los esfuerzos necesarios, no se desarrollará jamás. No hay, pues, en ello injusticia alguna. įPor qué habría de tener el hombre lo que no desea? Si el hombre fuese forzado a convertirse en un ser diferente cuando está satisfecho con lo que es, entonces habria injusticia.

Nos hallaremos inmediatamente ante un hecho muy importante: -El hombre no se conoce.

No conoce ni sus limites ni sus posibilidades. No conoce siquiera hasta qué punto no se conoce. El hombre ha inventado numerosas máquinas, y sabe que a veces se necesitan años de estudios muy serios para poder a servirse de una máquina complicada o para gobernarla. Pero en cuanto se trata de si mismo olvida este hecho, aunque él mismo sea una máquina más complicada que todas las que ha inventado.

Está lleno de ideas falsas sobre si mismo. Ante todo, no se da cuenta de que es realmente una máquina.

El hombre no tiene movimientos independientes ni interior ni exteriormente. Es una máquina puesta en movimiento por influencias exteriores y por choques exteriores. Todos sus movimientos, actos, palabras, ideas, emociones, humores y pensamientos son provocados por influencias exteriores. Por si mismo es tan solo un autómata con cierta provisión de recuerdos de experiencias anteriores y cierto potencial de energia en reserva,

Debemos comprender que el hombre nada puede hacer. Pero el hombre no lo advierte, y se atribuye la capacidad de hacer. Es el primero de los falsos poderes que se arroga. Debe comprenderse esto con toda claridad. El hombre nada puede hacer. Todo lo que cree hacer, en realidad sucede. Esto ocurre exactamente como "llueve", "nieva"o "truena".

El hombre no puede pensar, hablar ni moverse como quiere. Es una marioneta tirada aqui y allá por hilos invisibles. Si lo comprende asi, puede aprender mucho más sobre si mismo, y tal vez entonces las cosas comiencen a cambiar para él. Pero si no puede admitir ni comprender su evidente mecanicidad, o si no quiere aceptarla como un hecho, ya no puede aprender mas y las cosas no pueden cambiar para él.

El hombre es una máquina, pero una máquina muy especial. Pues esta máquina, si las circunstancias se prestan a ello y es bien conducida, puede saber que es una máquina. Y si se da plena cuenta de ello, puede hallar los medios de cesar de ser una máquina.

Ante todo, el hombre debe saber que él no es uno, sino que es muchos. No tiene un Yo único, permanente e inmutable. Cambia continuamente. Un momento es una persona, en el momento que sigue es otra, poco después una tercera, y así sucesivamente, casi sin término.

Lo que crea en el hombre la ilusión de su unidad o de su integralidad es, por una parte, la sensación que tiene de su cuerpo fisico, por otra parte su nombre, que en general no cambia, y por último cierto número de hábitos mecánicos implantados en él por la educación, o adquiridos por imitación. Al tener siempre las mismas sensaciones físicas, al oirse llamar siempre con el mismo nombre y al hallar en sí los hábitos e inclinaciones que siempre ha conocido, se imagina permanecer él mismo.

En realidad no existe unidad en el hombre, no hay un centro único de comando, ni un Yo o Ego permanente. 

Cada idea, cada sentimiento, cada sensación, cada deseo, cada "yo amo" o "yo no amo" es un "yo". Esos "yo" no están ligados entre si, ni coordenados de modo alguno.

Cada uno de ellos depende de los cambios de circunstancias exteriores y de los cambios de impresiones.

Tal "yo" sigue automáticamente a tal otro y algunos aparecen siempre acompañados de otros. Pero no hay en ello ni orden ni sistema.

Los lazos de ciertos grupos de "yo" están constituidos únicamente por asociaciones accidentales, recuerdos fortuitos o semejanzas perfectamente imaginarias.

Cuando el hombre dice "yo", se tiene la impresión de que habla de él en su totalidad, pero en realidad, hasta cuando cree que es así, no es sino un pensamiento pasajero, un humor pasajero o un deseo pasajero. Una hora después puede haberlo olvidado completamente y expresar con la misma convicción una opinión, un punto de vista o intereses opuestos. Lo peor es que el hombre no recuerda tal cosa. En la mayoría de los casos da crédito al último "yo" que ha hablado, mientras éste dura, es decir, mientras un nuevo "yo" a veces sin relación alguna con el precedente no ha expresado todavia con más fuerza su opinión o su deseo.


Sin embargo, hay cierta libertad que no pertenece a la voluntad, la mente o el intelecto; es la libertad del espíritu en nuestro interior que dice, "no puedo ejercer la voluntad, pero aún así tengo que realizarla". Aunque nuestra mente y nuestro carácter nos dicen, "no lo puedo hacer", nuestro espíritu manifiesta: “tienes que hacerlo". Esa es la libertad que nos queda a cada uno de nosotros, y a través de esa libertad del Espíritu cada uno podrá encontrar la salvación.


“Repite el nombre de Dios, constantemente, en lo más profundo de tu corazón y con toda sinceridad toma refugio en el Maestro. No te preocupes por saber de qué manera reacciona tu mente ante las cosas que te rodean. Y no malgastes tu tiempo calculando y preocupándote pensando si estás progresando o no en el sendero de la espiritualidad. Juzgar el propio progreso es vanidad. Ten fe en la gracia de tu Gurú y de tu Ishta.

 

Sé absolutamente sincero en tus prácticas, en tus palabras y en tus obras. Seras bendito! Sus bendiciones descienden siempre sobre las criaturas de la tierra. No hay ninguna necesidad de pedirlas. Practica meditación sinceramente y comprenderás su infinita gracia. Lo que Dios quiere de su devoto es sinceridad, veracidad y amor. Las efusiones externas no lo conmueven.

 

Es la naturaleza del agua fluir hacia abajo, pero los rayos del sol la elevan hacia el cielo. De la misma manera es la naturaleza de la mente; ir hacia cosas inferiores, hacia los objetos de goce, etc., pero la Gracia de Dios puede hacer que la mente vaya hacia cosas más elevadas”.

 La Santa Madre



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