lunes, 7 de enero de 2019

SEGUIR APRENDIENDO: Profesora Leonor Bakún, (5.1.2019)




Swamiji – Un atisbo de semblanza

Sister Nivedita dijo de Swami Vivekananda se puede decir lo que él dijera de su Maestro: "Se contentó con vivir esa gran vida sublime que fue la suya y dejó a otros el trabajo de encontrar la explicación".
Estuve rastreando en lo que dijeron esos “otros” y tomé como fuente para lo que sigue el libro de Sister Nivedita: El maestro como yo lo vi y la biografía escrita por sus discípulos de Oriente y Occidente. Swamiji es un ser de difícil abordaje, sobre todo por su amplitud de saber, sus distintas actividades y su apasionamiento. Pensé que lo mejor era tratar de encontrar cuáles eran los temas centrales de su trabajo así que me pareció que lo más coherente era empezar por su misión.
Un día –siendo apenas un adolescente- Sri Ramakrishna le preguntó cuál era su más alta ambición en esta vida.  "Permanecer para siempre en samadhi" -respondió Naren. Su Maestro, sonriendo, le respondió: "Yo te creía nacido para algo más grande, hijo mío!" Probablemente ese momento marcó una etapa en la vida de Swamiji. Y efectivamente, en los años que siguieron y especialmente los últimos, él consideró el trabajo hecho sin apego, con fines totalmente impersonales, como una de las más elevadas expresiones de la vida religiosa.
Sister Nivedita dijo que el método de Swami Vivekananda es el del amor y relata que muchos de los discípulos de Swami Vivekananda le pedían que les otorgara el don de la fe. Él les contestaba: "La fe viene como una convicción cuando el alma ha visto a Dios; mientras tanto, ¡forja tu carácter!" Y para ello, exigía que cada acto de la vida diaria, cada esfuerzo, por nimio que fuese, se convirtiera en un ejercicio de yoga: "Es necesario que el pensamiento, fuertemente anclado en Dios y la acción, sean una sola y misma cosa -repetía una y otra vez- tal es la absoluta dedicación."
Respetando el principio de la libertad individual, Swami Vivekananda mostró a sus discípulos los senderos que podían transitar ya que el fin se iría descubriendo poco a poco y siempre sobre la base de cualquier esfuerzo ya puesto en práctica. "¡Salgan de Ustedes mismos y conviertánse en universales!" Tal era el grito de batalla de Swami Vivekananda.
Al comienzo multitud de personas concurrían entusiastamente a sus conferencias. El decía que “La verdad no puede aliarse jamás con la falsedad, al final la verdad prevalecerá.” Denunciaba el  fraude y la superstición bajo cualquier disfraz que apareciera. Indiferente a las solapada historias que circulaban sobre él, continuaba con su prédica. Esas murmuraciones solían tener el efecto de publicitar sus conferencias y atraer la  simpatía de la gente sincera. Los que se aproximaban se sentían deseosos de consagrarse a su causa. Una atmósfera de paz y bendición, de poder y de una incomprensible luminosidad era percibida por los que concurrían a sus clases. Quedaban conquistados por la mirada del monje que veía lo incognoscible y les transmitía una nostalgia de infinito. Quedaban hondamente impresionados por su voluntad de hierro y se sentían plenos de intrepidez. Marchar por la ruta del Maestro; acompañarle en todo momento; saber qué come, cómo duerme, se conviertió en la única preocupación de sus discípulos íntimos. Ellos entran en su intimidad, miden su grandeza, observan sus mínimas imperfecciones, las que a menudo no son más que un signo de compasión hacia los suyos.
En sus consejos, en sus enseñanzas, su único y ardiente anhelo parecía ser el de despertar a los hombres de su ignorancia. Aquellos que lo escuchaban no habían hallado en parte alguna un amor como el suyo, una compasión semejante. Para él, sus discípulos eran sus discípulos, fueran hindúes o no, pues él era profundamente consciente del carácter y significado histórico de su propia enseñanza. A Sister Nivedita le dijo: “Yo estaré a su lado hasta la muerte, sea que trabaje para India o no; sea que abandone la Vedanta o le sea infiel. Los colmillos del elefante crecen hacia afuera y no se vuelven jamás hacia adentro; tal es la palabra de un hombre.”

Aquel día en que, dejando el báculo del peregrino y renunciando a la soledad de bosques y montañas se convierte en un líder de hombres, Swami Vivekananda sabe que es a costa de su propia vida pero,¿Podía acaso dejar de trabajar por otros mientras un solo ser estuviera sufriendo? En una carta a un discípulo escribe: "Lo que necesita el mundo es la fuerza de carácter. El mundo tiene necesidad de aquellos cuya vida no es otra cosa que un amor ardiente, sin preocuparse en lo más mínimo de sí mismos. Es ese amor lo que convertirá cada palabra suya en una flecha. ¡Despierten! ¡Despierten almas nobles! El mundo se consume en el sufrimiento... ¿y ustedes pueden dormir?" En otra carta dice: “No me importa sin son hindúes, mahometanos o cristianos. Que cada uno de nosotros ruegue día y noche por los millones de desposeídos. ¿Quién sufre por los mlllones de seres sumergidos para siempre en la pobreza y la ignorancia? ¿Dónde está la salida? ¿Quién se preocupa por ellos? ¡Quién les llevará la luz? ¿Quién irá de puerta en puerta brindándoles conocimientos? Sean esos seres humanos nuestro Dios. Pensemos en ellos. Trabajemos para ellos. Roguemos por ellos incesantemente. El Señor nos mostrará el camino.”