lunes, 7 de enero de 2019

SEGUIR APRENDIENDO: Lic. Noemi Villacorta, (6.1.2019)


 
" Unos magos (sabios) que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: " Donde está el rey de los judíos que ha nacido? Es que vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo ". ....
Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre. Entonces se postraron y lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra." Mateo 2:1-2,11

Existe en la India un sólido legado tradicional, considerado fidedigno por notables metafísicos y compuesto por conocidos relatos que figuran, en manuscritos antiguos, dónde se narra que los magos de Oriente que viajaron a Belén con el propósito de ver al niño Jesús era, en realidad, grandes sabios de la India. 
En ese bebé, se hallaba presente el Cristo Infinito, la Luz del universo. Todas las fuerzas de la naturaleza se solazaban en ese rostro infantil. En la luz de aquellos ojos vibraba el universo. Tal era el bebé que contemplaron los sabios de Oriente.
Más allá, de la estrella del cielo que pudiera haberles indicado a los sabios de Oriente el nacimiento de Jesús, ellos se guiaron  por su divina percepción intuitiva del alma, que les brindaba percepción infinita.
Los sabios de Oriente supieron, que habían encontrado al Cristo, que era uno con el Señor del Universo.
Se arrodillaron ante él y le ofrendaron sus simbólicos presentes. Estos presentes eran las ofrendas tradicionales que se dan a los recién nacidos, pero poseían un significado adicional, por el hecho de que los sabios de Oriente se los brindaban a Jesús: el oro(un tesoro material) le es ofrendado a quien es dador de sabiduría, como símbolo de aprecio por el inmenso valor de la verdad liberadora otorgada por el maestro espiritual; el incienso simboliza la devoción, la fragancia del amor del corazón que se le ofrenda al maestro, el canal por el que fluyen la guía y las bendiciones de Dios; la mirra le fue ofrecida a Jesús en reconocimiento por las amargas pruebas y el sacrificio, de su misión divina.
En un nivel trascendente de conciencia propio de la comunión de las almas, se produjo, en ese encuentro, un intercambio espiritual relacionado con el destino de Jesús, que significaría un beneficio universal para los seres humanos, pues estaba destinado a ser uno de los supremos mensajeros de la Verdad, enviados por Dios a la tierra.