jueves, 17 de mayo de 2018

SEGUIR APRENDIENDO: Lic. Noemi Villacorta






En el libro "Autobiografía de un Yogui", su autor Paramahansa Yogananda, nos ilustra y nos da claro ejemplo de la práctica del desapego.
"... Con diez hectáreas de terreno fértil (en la escuela de Ranchi), estudiantes, maestros y yo gozábamos de períodos para realizar tareas al aire libre. Teniamos muchos animales domésticos, entre ellos un pequeño cervatillo, que era adorado por los niños. Yo también lo amaba, tanto que le permitía dormir en mi habitación. Al amanecer se acercaba a mi cama para recibir la caricia de la mañana.
Un día alimenté al venadito más temprano que de costumbre, porque tenía que ir al pueblo, para atender algunos asuntos. Aunque advertí a los muchachos que no lo alimentasen, hasta que yo regresara, uno de ellos desobedeció y le dio gran cantidad de leche; cuando regresé, malas nuevas me esperaban. El venadito estaba casi muerto, por la excesiva alimentación recibida.
Con lágrimas en los ojos, oré implorando a Dios que le conservará la vida. Horas después, el venado abrió los ojos, se levantó y caminó tambaleándose. Todos los niños de la escuela gritaron de alegría.
Pero esa noche aprendí una gran lección, una que no podré olvidar. Me dormí y el venadito se me apareció en el sueño y me dijo: - Ud. me está reteniendo. Por favor, deje que me marche, déjeme partir!
- Esta bien- contesté en el sueño.
Desperté y grite: - Muchachos, el venadito está muriendo!
Fuimos donde estaba. Éste hizo su último esfuerzo por levantarse, tambaleó y cayó muerto a mis pies.
De acuerdo con el karma grupal de los animales, el plazo de vida del venado había fenecido y estaba listo para progresar a una forma más elevada. Pero debido a mi apego por él, el cual posteriormente comprendí que era egoísta ; por mis plegarias, yo había conseguido retenerlo en los límites de su forma  animal,de la cual el alma se esforzaba por liberarse. El alma del venadito hizo su súplica en el sueño, porque sin mi amante consentimiento no podía partir. Se lo di, se fue.
Toda tristeza desapareció; comprendí que Dios desea que sus hijos lo amén todo como parte de su propio Ser, y que no sientan engañosamente que la muerte contribuye el fin. El ignorante sólo ve el muro de la muerte, que parece ocultar para siempre a los amigos queridos. Pero el que no tiene apegos, aquel que ama a los demás como expresiones del Señor, comprende que, al morir, sus seres queridos únicamente han retornado al más allá para disfrutar un respiro de alegría en Él. "