viernes, 22 de septiembre de 2017

Artículo: Counselor Veronica Pomerane




Cuál es la razón para tu incomodidad, tu inquietud?
La razón reside en ti mismo; en tu actitud hacia el mundo de las cosas.
Todas tus reacciones consisten en exigencias, apetitos y deseos individuales.
Tenemos la serena certidumbre de que estamos en todo el derecho de exigir los reclamos que tiene el Yo, lo mío.
Tu hábito, si eres religioso, es de rezar por el gobierno que deseas o de persuadir a los poderes sobrenaturales de que tomen un especial interés en tu salud y prosperidad personal.
La fuente misma de tu actividad es una exigencia, ya sea para continuar teniendo lo que tenemos, o por algo que aún no tenemos: fortuna, amor, éxito, amistad, comodidad, diversión.
Uno siente que tiene derecho a alguna de estas cosas por lo pronto y a un reconocimiento de nuestras habilidades.
Uno se resiente con cualquier cosa que se opone a alguna de ellas.
Nos inquietamos cuando vemos a otros personas que son más hábiles que nosotros en el juego de la adquisición.
Uno se aferra con fuerza a lo que nos ha correspondido en la vida como parte de los despojos.
Nos inclinamos a evitar las responsabilidades aburridas y carentes de atractivo; y buscamos con ansías el placer y pasarlo bien.
Estas disposiciones, tan habituales que casi pasan desapercibidas, fueron llamadas por nuestros severos antepasados los siete pecados capitales del orgullo, la ira, la avaricia, la envidia, la pereza, la gula y la lujuria. Sería mejor llamarlas las siete formas común del egoísmo.
Representan las reacciones naturales a la vida centrada en sí misma, esclavizada por el mundo de la multiplicidad.
Mientras estas disposiciones nos gobiernen, jamás podremos ver o sentir las cosas como son, sino sólo como nos afectan a nosotros.
Sólo el corazón desapegado y purificado, puede ver todas las cosas en su verdadera proporción.
El pecado es la separación del espíritu individual del todo, la ridícula megalomanía que hace de cada hombre el centro del universo.
De allí vienen la introversión y la condensación de sus energías y deseos, hasta que estos formen un duro y apretado núcleo alrededor del cual giran todas las corrientes de su existencia.
Este peso pesado en su corazón, se resiste a todo impulso hacia afuera del espíritu, y tiende a atraer las cosas hacia abajo y hacia adentro, hacia sí mismo.
Por eso todos los santos nos dicen que hay que matar al yo y lo mío, antes de poder alcanzar la realidad.


Nosotros no intentamos unirnos a la Realidad. Pero, de vez en cuando, ese carácter simbólico se nos aparece.
2-Nunca te ha ocurrido perderte por un momento en una fugaz y satisfactoria experiencia para la que no has hallado nombre? En la que el mundo adquirió una cualidad de extrañeza?
Recuerdas aquel momento durante un concierto, en el que dejaste de ser consciente de tu incómoda butaca?
Fueron atisbos de contemplación involuntaria; súbitos apartamientos del velo conceptual.
No sentiste acaso un estremecimiento de amor y de horror?
Esta mera emoción te llevó entonces a un mundo que reconociste como más válido, y en un sentido más elevado, que el mundo en el que vives normalmente, un mundo con un significado que excedía la suma de sus partes.
La mera emoción que sentiste en ese momento, te hizo caer de rodillas, te volvió al mismo tiempo orgulloso y humilde; te puso en tu sitio.
Simplificó y unificó la experiencia; hizo desaparecer las pequeñas circunstancias que perpetuamente desvían tu atención y reunió todo tu ser en un estado que sintió y conoció una Realidad que tu inteligencia no podría comprender.
Esta emoción es la fuerza motriz del espíritu, una cosa augusta y definitiva, y así lo sintió tu habitante más oculto mientras tus ojos estuvieron abiertos a la luz.
Ese acto de simplificación, esa reunión de los fragmentos dispersos de la personalidad en ese uno que es realmente tú (en la unidad de tu espíritu), las grandes fuerzas del amor, la belleza, la maravilla y el dolor pueden volver a llevarla a cabo para ti una y otra vez.
Estas son experiencias fugaces e ingobernables, que descienden con terrible violencia sobre el alma.
Estas dispuesto a que tu participación en la Realidad dependa únicamente de estas visitas incalculables?
Puedes si quieres mantener limpias tus ventanas.
Aquellos tan afortunados como para experimentar esa crisis llamada “ conversión” se ven asaltados por lo que les parece una fuerza más poderosa que ellos que los obliga a volverse en la dirección correcta. Encontramos en ellos una violenta ruptura y reorganización de la personalidad.
Sienten que ese poder irresistible ha limpiado sus ventanas de su habitual capa de suciedad y miran a través de ellas, literalmente, a un nuevo cielo y una nueva tierra.
Es un largo y silencioso trabajo que nosotros debemos emprender antes de que alguna certeza nos recompense.


-Todas las tradiciones espirituales de un modo u otro, exigen una elección respecto de la vida mística que consiste en cultivar una apertura a la gracia que es apertura al misterio.
Se trata de una elección de vida, no de un mero planteo teórico; no elegir implica, existencialmente una elección. Esto debe tenerlo bien en claro el escéptico que olvida que ya está inmerso en el juego de la vida, y por ende, si se demora con elucubraciones está eligiendo aunque sea sin discernimiento.
Si apostamos en favor de la vida mística, se gana todo, y si se pierde, se pierde todo.
Por ende esta apertura conlleva un acto libre, consciente.
Todas las tradiciones proponen cultivar un saber y, por ende, un sabor de la trascendencia por medio de diferentes formas de ascesis.
La ascesis no es una negación de la potencia de la vida; es una reconducción de esa potencia a su auténtico cauce. No es represión si lo expresamos psicológicamente.
El antiguo concepto yóguico de Tapas, puede ayudar a comprender pues alude al ardor que resulta de la concentración de la energía psíquica que hasta entonces se dispersaba vanamente.
Al concentrarse sobre sí misma, la energía psíquica se incuba y se produce un salto cualitativo. (conecta la energía individual con una fuente meta- individual).
Esta concentración requiere de una intención, de una actitud de entrega. (sacrificio).
Los sentidos cuando los tomamos literalmente nos engañan y, sin embargo, la decepción reside, no tanto en ellos, como en ese mundo conceptual que insistimos construir a partir de sus informes, las etiquetas.
Es muy difícil dominar los sentidos, sin embargo no hay otro camino.
Si uno hace austeridades los sentidos pueden quedar en abstinencia, pero el anhelo no es destruido. Estos solo se desvanecen cuando se realiza al Señor.
En la medida que uno avanza hacia el este, se aleja del oeste; así cuanto más nos acerquemos a Dios, tanto más dejaremos el mundo atrás.


Nosotros no intentamos unirnos a la Realidad. Pero, de vez en cuando, ese carácter simbólico se nos aparece.
Nunca te ha ocurrido perderte por un momento en una fugaz y satisfactoria experiencia para la que no has hallado nombre? En la que el mundo adquirió una cualidad de extrañeza?
Recuerdas aquel momento durante un concierto, en el que dejaste de ser consciente de tu incómoda butaca?
Fueron atisbos de contemplación involuntaria; súbitos apartamientos del velo conceptual.
No sentiste acaso un estremecimiento de amor y de horror?
Esta mera emoción te llevó entonces a un mundo que reconociste como más válido, y en un sentido más elevado, que el mundo en el que vives normalmente, un mundo con un significado que excedía la suma de sus partes.
La mera emoción que sentiste en ese momento, te hizo caer de rodillas, te volvió al mismo tiempo orgulloso y humilde; te puso en tu sitio.
Simplificó y unificó la experiencia; hizo desaparecer las pequeñas circunstancias que perpetuamente desvían tu atención y reunió todo tu ser en un estado que sintió y conoció una Realidad que tu inteligencia no podría comprender.
Esta emoción es la fuerza motriz del espíritu, una cosa augusta y definitiva, y así lo sintió tu habitante más oculto mientras tus ojos estuvieron abiertos a la luz.
Ese acto de simplificación, esa reunión de los fragmentos dispersos de la personalidad en ese uno que es realmente tú (en la unidad de tu espíritu), las grandes fuerzas del amor, la belleza, la maravilla y el dolor pueden volver a llevarla a cabo para ti una y otra vez.
Estas son experiencias fugaces e ingobernables, que descienden con terrible violencia sobre el alma.
Estas dispuesto a que tu participación en la Realidad dependa únicamente de estas visitas incalculables?
Puedes si quieres mantener limpias tus ventanas.
Aquellos tan afortunados como para experimentar esa crisis llamada “ conversión” se ven asaltados por lo que les parece una fuerza más poderosa que ellos que los obliga a volverse en la dirección correcta. Encontramos en ellos una violenta ruptura y reorganización de la personalidad.
Sienten que ese poder irresistible ha limpiado sus ventanas de su habitual capa de suciedad y miran a través de ellas, literalmente, a un nuevo cielo y una nueva tierra.
Es un largo y silencioso trabajo que nosotros debemos emprender antes de que alguna certeza nos recompense.


Sister Nivedita dice de su maestro Swami Vivekananda:
.“Su preocupación es la de entrenar a aquellos que le siguen para escalar el empinado camino de la renunciación y hacerles así gustar de la dicha infinita”.
.“El llamamiento a la Renunciación encierra el único mensaje de todas las religiones”.
-Todas, orientales o no, han exigido la cesación de la búsqueda del placer.
En contraposición al placer egoísta y abandonar todo tipo dominio (querer imponer a otros aun lo que uno ha encontrado bueno para sí).
-La elección del trabajo y rechazo de lo fácil sumado a largas horas en solitario ya que la soledad es considerada como el medio más perfecto de desarrollo personal.
Es sólo en el silencio y la soledad que nosotros podemos abrevar en el Yo impersonal; que hace que descubramos todas las facetas y ángulos de nuestra pequeñez personal la cual se va debilitando mediante el progreso interior.


Todas las tradiciones han dejado mapas del camino de ascenso a Lo Absoluto.
El místico vive en lo hondo de su alma, pero lo vive paso a paso en todas las circunstancias de su vida, sean externas o internas.
Esta independencia de los procesos psicofísicos que logra el místico, le permite guiar y conducir su búsqueda hasta encontrar con la tan ansiada meta, que es la unión con la divinidad.
También le permite trascender la separatividad de una individualidad clausurada en sí misma, para conectarse con la vida en su totalidad.
El místico alcanza así una existencia expansiva y libre, ya que no depende de condicionamientos internos y externos.
El conocimiento supraintelectual que el místico adquiere, le proporciona las claves de comprensión de la realidad. Se le manifiestan con claridad nociones fundantes tales como el sentido y la finalidad.
A través de la experiencia mística advienen los principios y las causas que subyacen bajo la superficie de la realidad natural, empírica y cambiante y que es imposible que sean proporcionadas por la contingencia del cerebro mismo.
La coincidencia de los relatos de los místicos de las diferentes épocas y culturas acerca de sus vivencias, comprensiones y transformaciones íntimas podrán ser consideradas “testimonios comprobables y comparables”.
El ser humano puede verse así, en su doble dimensión constitutiva de temporalidad y eternidad.
El misticismo es el arte de unión con la Realidad.
Aporta a quien lo experimenta, una forma de saber librado de condicionamientos e impregnado plenamente de satisfacción gozosa.
Plotino, el maestro neoplatónico  203-270 n.e) escribía en sus clases profesadas en Roma:
“Muchas veces, al despertarme del cuerpo y volver a mí mismo, apartándome de las otras cosas y entrando en mí mismo, veo una belleza extraordinariamente maravillosa, y me convenzo entonces más que nunca de que pertenezco a la parte superior de los seres, actualizo la forma de vida más eximia e, identificado con la divinidad y establecido en ella, ejercito aquella forma de actividad y me sitúo por encima de todo el resto de lo inteligible. Pero cuando luego, tras esa estancia en la región divina, desciendo del intelecto al raciocinio, me pregunto perplejo cómo es posible esta, mi bajada de ahora y cómo es posible que mi alma haya llegado jamás a estar dentro del cuerpo a pesar de ser tal cuál se me manifestó en si misma estando en el cuerpo”.
El místico es la persona que ha alcanzado esa unión en mayor o menor grado.
Sólo conocemos una cosa uniéndonos a ella.
El sufí dijo: “Peregrinar al lugar de los sabios es escapar de la llama de la separación”.
La sabiduría es el fruto de la comunión, la ignorancia, la pequeña porción de los que se guardan para sí mismos y se mantienen aparte, juzgando y analizando”.


La contemplación es la actividad esencial de todos los artistas. Gracias a ella pueden alcanzar su mirada virgen sobre las cosas.
Los ojos no deben proyectar las imágenes propias. Se debe ver lo que es.
El énfasis siempre está en el mensaje que viene de afuera.
Quién es el verdadero testigo? Aquel para quien las cosas se vuelven una percepción directa.


Uno se pregunta aquí: Dónde está el freno que detendrá la rueda de mi mente hacedora de imágenes?
Esto se hace a través de un entrenamiento, de la adquisición de un método.
El empeño y la disciplina son necesarios.
La vida espiritual es algo bien definido y accesible, uno puede voluntariamente elegirla y alcanzarla siguiendo rutas conocidas.
Esa vida espiritual tiene sus raíces profundas en un anhelo de amor por Dios, en una persecución angustiosa de lo Infinito.
1-La primer tarea consiste en liberar a la mente de la desesperante suficiencia y los queridos prejuicios que constituyen su mayor riqueza.
La esencia de la contemplación está resumida en 2 experiencias: - La unión con el flujo de la vida- La unión con el Todo en el que todas las realidades menores están resumidas.
Que es lo que ensucia las ventanas de los sentidos?
El pensamiento, la convención y el interés en uno mismo.
Aprender a sumergirnos en el universo que yace a nuestras puertas y conocerlo, no desde afuera a través de la comprensión, sino desde adentro a través de la unión con él.


Recogimiento: 1er.etapa de la Contemplación:
La voluntad purificada y educada puede apartar la atención del yo, de su habitual concentración en los aspectos menores y negarse así a reaccionar a sus mensajes y retirarse a la unidad de su espíritu.


Aquí se requeriría -la simplificación de la atención y también -la simplificación de la voluntad.
La superioridad del alma sobre el impulso personal.
Sin embargo, el hombre es tan perezoso en todo lo que concierne a sus facultades más altas que pocos emprenden esta actividad.
-Si acudimos directamente a Teresa de Avila y le preguntamos cual era el método a través del cual Ella enseñaba a sus hijas a recogerse, a capturar y mantener la actitud más favorable para la comunión con el mundo espiritual. Ella nos dice que este proceso es gradual.
Ella dice, el recogimiento empieza con la práctica regular y deliberada de la meditación, una forma natural de ejercicio mental, aunque difícil al principio.


-Una vez hecha la elección de la meditación esta debe ser sostenida y defendida durante el tiempo de la meditación contra cualquier invasión que llegue de afuera.
Un inquieto aburrimiento, una espantosa convicción de la propia incapacidad también nos asaltarán. A esto también hay que resistirse a toda costa.
El 1er. cuarto de hora intentando meditar será un tiempo de lucha, que al menos debería convencernos de lo rebelde e inadecuada que es nuestra atención, cuan miserable e ineficaz es nuestra voluntad y cuan lejos uno está del gobierno de nuestra alma.
Pero, en la consecución de este nuevo estado, determinado a alcanzarlo, descubrirás que has entrado en un nuevo plano de percepción; que has alterado tu relación con las cosas.
Un perpetuo aumento de sentido acompaña al aumento de la atención.
A medida que la meditación se vuelve más profunda, te defenderá de los permanentes asaltos del mundo exterior.
Escucharás el atareado runruneo de este mundo como una lejana melodía exterior, y sabrás que de algún modo estas apartado de él.
Has puesto una muralla de silencio entre tú y él, y he aquí que en ese silencio eres libre.
Por medio de este voluntario y doloroso acto de concentración, de este primer paso de la escala que va de la multiplicidad a la unidad, te has apartado de nociones y conceptos irreales con los que hasta ahora te has contentado, de súbito, todos los valores de la existencia se transforman.
El camino hacia el Sí, pasa por el No.
-En este movimiento preliminar de recogimiento, estás diciendo tu primer No deliberado al reclamo con el que el mundo de las apariencias se posesiona totalmente de tu conciencia.
Haciendo esto con paciencia día tras día; volviendo a capturar constantemente la atención dispersa, renovando con persistencia la lucha por la claridad de visión, descubrirás por fin que hay algo dentro de ti, algo detrás de la conflictiva vida del deseo, que puedes recoger, reunir y hacer efectivo para una vida nueva.
De hecho, conocerás tu alma por primera vez.
-De algún modo te has encontrado a ti mismo, te has apartado de ese flujo aparente, de esa conciencia ocupada e inestable con sus humores y obsesiones, sus febriles alternancias de apatía e interés, sus conflictos e impulsos irracionales.
Gracias a este acto de recogimiento uno ha descubierto al ser que se niega a sentirse por la activa vida de correspondencia con el mundo de los hombres normales, y ansía una comunión con el universo espiritual.
-Es una excursión ardua y solitaria, una prueba de coraje y sinceridad, porque la mayoría de los hombres prefiere vivir en cómoda ignorancia en las laderas más bajas y tejer allí, un velo que esconda la verdad.


-El conocimiento de sí mismo auténtico y completo es privilegio de los más fuertes. Pocos pueden soportar mirarse a sí mismos cara a cara, porque la visión es extraña y terrible, y trae consigo terror.
El Califa Alí, el León del Islam dice:“Tú propósito en la vida es la de buscarte a ti mismo; luego quédate en paz y no busques nada más”.


A la persona, se le pide que observe con una nueva y clara mirada sus imágenes mentales, las etiquetas, las ideas en las que ha vivido siempre.
Para que logre tomar así distancia de la turbulencia del mundo y observe el proceso de las cosas.


Quien lo hace cambia para siempre. Es convertido, en el sentido más drástico y profundo; se ve forzado a adoptar una nueva actitud consigo mismo y con los demás. Es muy probable que, si realmente te conocieras a ti mismo, si constataras tu vago carácter, perpetuamente a merced de su entorno, tus verdaderos motivos, desnudados para su inspección y comparados con los valores eternos; las ignoradas indulgencias que tienes para contigo mismo; tus amores y odios irracionales, te sentirías impulsado a remodelar tu existencia y convertirte.


Aunque ya hayamos descubierto por fin el ser más profundo, la chispa eterna, aun así, persistimos en la búsqueda de lo impermanente. Una y otra vez volvemos a ella.
-Este juego que hemos jugado durante tanto tiempo, nos ha formado y condicionado. Ahora, de pronto se nos pide otra clase distinta de atención (en la que) los músculos mentales son intratables y la atención se niega a responder.
El intelecto asimiló, una visión superficial e irreal del mundo.
La voluntad, el deseo, la suma total de nuestras energías han sido enfocadas en la dirección equivocada. El hábito nos tiene prisionero. No somos libres.
-El despertar del ser más profundo, que no conoce hábitos nos alerta de la desarmonía entre los anhelos del espíritu pujando por salir a la luz, y los cambiantes pero insistentes reclamos del yo superficial.
Entre estos dos no hay paz posible: chocan entre sí a cada instante.
-Plotino habla de una vida más alta y una más baja y de la separación que existe entre ellas. Dijo que la personalidad humana es doble.
La vida más alta siempre tendía a la unión con la Realidad, a la reunificación del yo con lo Uno.
La vida más baja hecha para la correspondencia con el mundo exterior de la multiplicidad, siempre tiende a caer hacia abajo, y dispersar las capacidades del yo entre las cosas externas.
Este dualismo no resuelto de la personalidad se convierte en el hecho principal de nuestra conciencia, se afirma perpetuamente como un problema vital.
Y de aquí la intensa incomodidad que deriva de sentirse tirado hacia dos lados a la vez.
El desasosegado vaivén de la atención entre dos ideales incompatibles; la convicción de que hay algo malo, perverso, envenenado en la vida tal como la has vivido siempre, y algo irremediablemente etéreo en la vida que tu habitante más interior quiere vivir.
Estas sensaciones desagradables, se van haciendo cada vez más fuertes. Fluctúas miserablemente entre sus atractivos y reclamos, y no tendrás paz hasta que estos reclamos hayan sido respondidos, y la aparente oposición entre ellos haya sido resuelta.
Ahora estas seguro de que es posible para la conciencia humana una vida más perdurable. Una fugaz visión de ese plano que San Agustín llamaba “la tierra de la paz”, “la belleza nueva y antigua”. Ahora sabes para siempre que existe; que lo real que hay dentro de uno nos pertenece.
El yo superficial, al que durante tanto tiempo se le ha permitido la indiscutible posesión del terreno consciente, se ha hecho fuerte; se ha adherido como un molusco a la roca de lo obvio, cambiando su voluntad por una libertad aparente y construyendo un caparazón defensivo de ideas fijas.
Es inútil convencer a un molusco para que se despegue de su roca.
Debes hacerlo a la fuerza.
La antigua forma de vida, cómoda y aferrada a la seguridad, protegida por su duro caparazón, debe terminar ahora.
La ruptura con antiguos hábitos, antiguas ideas, antiguos prejuicios genera conflicto.
Nuestra mente está llena de pequeños remolinos y deseos incompatibles.
Se centran en la ambición, el amor, el deber, la amistad.
Una tras otra estas cosas o nos defraudan o nos esclavizan. A veces se convierten en obsesiones, estrechando el punto de vista.
Este estado de cosas empieza a adquirir un aspecto diferente cuando se lo mira a través del ojo de la meditación.
Observamos que el mundo del hombre común es un embrollo, solo porque este ha intentado disponer sus principales intereses consigo mismo como centro.


El hombre exitoso, en cualquier terreno, es aquel que ha elegido uno de entre todos los reclamos e intereses y le ha dedicado todas las enérgicas capacidades de su voluntad y su corazón, uniéndose a él, y resistiendo desde dentro del mismo todos los demás reclamos.
Tiene un solo objetivo, un solo centro; ha matado todos los demás.
El artista, el amante, el entusiasta de cualquier forma de vida puede alcanzar su propósito solo a través de innumerables renuncias. Debe matar los centros de interés más pequeños, de modo que toda su voluntad, su atención se vuelquen hacia ese significado del universo al que se siente atraído para captarlo y unirse a él.
No debe haber dispersión de energías, ni motivos encontrados.


El carácter místico y sus principales ingredientes son el valor, la unidad de corazón y el control de sí mismo.
Es hacia el perfeccionamiento de estas virtudes adónde se dirige la disciplina del ascetismo.
Fruto de los primeros intentos en el conocimiento de uno mismo, uno se compromete a una deliberada y difícil reorganización del carácter; al severo camino de la autodisciplina.
Ha de haber un Desapego, rechazar aferrarse a las cosas materiales; a contemplar la existencia desde un punto de vista personal, confundir la costumbre con la necesidad.
.El místico no conoce esa actitud de demanda. La fiebre de tener no volverá a quemarle.


Cuan a menudo durante el día te vuelves a una actitud de adoración desinteresada?
Sin embargo, esa es la única actitud con la que es posible la comunicación con el universo.
Mientras el hombre busque su propia voluntad y su propio y más alto bien, porque es el suyo y para sí mismo, jamás lo encontrará. Pues mientras haga esto, se busca a sí mismo y sueña que él es en sí mismo su más alto bien.
Pero aquel que busque la bondad, como bondad y en nombre de la bondad, y haga de esto su fin, por ninguna otra razón que el amor a la bondad, y no por amor al Yo, a lo mío, encontrará el más alto bien, porque lo busca correctamente.
El amor del santo y del poeta por las cosas como son, son el secreto de unión con la Realidad.
Apartando tu voluntad del febril apego a las cosas, resolverás la oposición entre los aspectos activos y contemplativos de tu personalidad.
A través de una diligente disciplina.


Sólo el arte del recogimiento, el retiro al silencioso centro del espíritu, proporciona ese convencimiento de una vida más calma, que soporta el dolor de la simplificación del sí mismo, y nos permite mantener la esperanza incluso ante la crueldad y la degeneración del mundo.


Es a través de grandes cambios de actitud hacia las cosas,
-1ero un cambio de atención, que nos permite percibir un universo más auténtico; y luego, la deliberada reorganización de ideas y deseos en armonía con lo que uno ha visto.
Sólo aquellos que son reales dicen los místicos, pueden conocer la Realidad, puesto que vemos lo que somos, el universo que vemos está condicionado por el carácter de la mente que lo ve.
Si practícas, descubrirás al cabo de un tiempo, que toda tu escala de valores se transformará.
Has dejado de luchar por ti mismo y considerar a tu mundo más próximo como el único que cuenta de verdad. Te has liberado de los apegos desordenados, la fiebre de tener ya no te quema, y gracias a esto posees libertad interior, un sentido de espacio y paz.
Liberados de las obsesiones que desde hace tanto tiempo nos gobiernan, voluntad, corazón y mente están dedicados a los propósitos del ser más profundo.
Los pensamientos desordenados son eliminados durante el recogimiento, todos los deseos dispersos suprimidos por el ejercicio del desapego.
Tendrás que empujar con todas tus fuerzas, no para absorber ideas, sino para irradiar voluntad y amor.
-La contemplación es un ciego impulso inintencionado, un amor íntimo que empuja en dirección a la Belleza Última, un impulso amante hacia la Realidad.
-Por el amor Dios puede ser alcanzado y abrazado, pero nunca por el pensamiento.
El amor, el pensamiento y la voluntad, con las que uno acostumbra a hacer las cosas en la periferia, durante la contemplación, uno las ha traído hacia adentro, se han curado un poco así, de la tendencia a dispersar sus poderes entre una multiplicidad de objetos.
Se ha purificado el amor, y la voluntad está dirigida a algo que el pensamiento no puede asimilar, y mucho menos explicar.
A la razón se le ha enseñado a tratar con la sustancia de la existencia temporal.
Si le diéramos la posibilidad, no haría más que triturar la experiencia de Eternidad, recortando, transformando y racionalizando; intentando forzarla para que encaje en un sistema simbólico con el que el intelecto pueda comprender.
Acá debemos considerar lo engañoso del pensamiento.


-Por medio de un ansioso anhelo de Realidad, tendemos a movernos en dirección a ella, entrar en su ritmo, rindiéndonos a ella humildemente. Si somos pacientes, al fin se desterrará nuestra ignorancia y aprehenderemos lo Real y lo Eterno.
En las primeras etapas hay que esforzarse.
Se deberá trabajar con energía entusiasta en nuevos niveles, en lo que se verá, se olerá, se oirá con mayor intensidad que hasta entonces.
La ardiente voluntad será lo principal en esta empresa.


El yo recogido y simplificado debe reunirse alrededor de un centro y desde allí mirar al mundo con los ojos del amor con una actitud de humildad y receptividad, sin críticas, sin análisis.
Cuando se mira así, se entrega la Yo-idad y así uno ve las cosas como las ve el artista, por su propio bien y no por el tuyo.
Las puertas de la percepción quedan limpias, y todo aparece como es.
Los resultados del odio, la rivalidad, el prejuicio, que todo lo desfiguraban, se desvanecen.
Mientras uno viva, está sujeto a la mutabilidad. Pero la voluntad de ese amor puede negarse a recaer en correspondencias irreales y egoístas y continuar así, aún en medio de la oscuridad y el sufrimiento que esa oscuridad produce, abriéndose camino.
La concentración, el recogimiento, una profunda crítica de sí mismo, el acallamiento de la superficie del intelecto, de sus inquietantes emociones de enemistad y deseo, hace que se logre una actitud de amor desinteresado y un crecimiento progresivo en dirección a lo Real.


Gracias a este perpetuo derrumbamiento de las duras barreras de la individualidad, a través de una atención cada vez más amplia, más profunda y más apartada del yo, se van a extender nuestros límites y nos convertiremos en ciudadanos de un mundo más amplio, más intenso y más gozoso.
Después, con la atención ya no dispersa entre los caprichosos intereses de tu vida personal, sino dispuesta y preparada para el trabajo que vas a pedirle, extiéndete hacia uno de las miles de manifestaciones de vida que te rodean, con una atención que pronto trasciende toda conciencia de ti mismo como separada de ella. El objeto de contemplación puede ser cualquiera. Mirarla sin egoísmo, sin sus usos prácticos. Tratando de volver este momento un acto de comunión, con una mirada amante, descubrirás una relación mucho más íntima de lo que hubieras imaginado, entre tú y los objetos de sentido que te rodean.
Así descubrir la correspondencia con los objetos que nos rodean como Whitman:
“ Aire que me das aliento para hablar.
Objetos, que sacáis mis pensamientos de la confusión y le dais forma.
Luz que nos envuelves a mí y a todas las cosas con ondas delicadas e iguales
Creo que hay en vosotros existencias latentes, cuánto os amo”.


Florence Nightingale, cuando declaró en un momento de introspección:” Debo intentar ver solo a Dios en mis amigos, y a Dios en mis gatos”.
Toda cosa tiene su ser por el amor de Dios.
 “Juro que la tierra será completa para el que sea completo.
   La tierra permanece fragmentada y rota sólo para el que está fragmentado y roto”.


En el sermón 76 de la obra alemana de Eckhart dice:
“La naturaleza de Dios es tal, que Él no es igual a nadie, por tanto es para nosotros necesario que vayamos a ese lugar donde somos nada; que podamos ser asentados en el mismo ser. Por ello, cuando voy allí, donde yo me moldeo en nada y nada se moldea en mí y saco y arrojo fuera lo que está en mí, entonces, puedo ser asentado en el puro ser de Dios, y ello es el puro ser del espíritu”.
Para transmitir la experiencia mística que trasciende el lenguaje y la razón, se acude al símbolo. Porque la experiencia en sí es inefable, como ya lo había expresado el maestro espiritual de Santa Teresa, San Juan de La Cruz, lo esencial de estas operaciones íntimas del alma en contacto con el Amado, no se puede expresar, hay que entenderlo para sí y gozarlo, y sentirlo, y callarlo el que lo tiene.
Santa Teresa suplica a Dios para que le otorgue la inspiración literaria necesaria para hablar de lo que es imposible hablar, pues ella lo ha vivido, y le parece provechoso compartirlo con sus hermanas. Esa inspiración le es concedida y así expresa que:
“Nuestra alma es como un castillo todo de diamante, o de muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas”.
Y aquí nos encontramos con la célebre y hermosa imagen de Santa Teresa de los siete castillos concéntricos, que es una analogía para hablar de las distintas dimensiones del alma. En el último y recóndito castillo está Dios, con quien el alma se une.


Simone Weil (1909/1943)
Vagabundos y perdidos en un mundo de imágenes e ilusiones, hasta no volver a nuestra casa más íntima, no habrá paz, ni sosiego, ni falta de maldad, ni ningún grado de verdad, ni generosidad a ofrecer. No habrá conocimiento, sin pasar por la casa del alma.
El ser humano no nace con la disponibilidad de su atención, ni de su acción liberada, ni de su coraje para enfrentar a la vida.

Nace en el interior de un nudo de pasiones, de un envoltorio de impresiones y fantasías que van tejiendo su halo de estupidez futura. Estupidez que se irá aumentando, al ritmo en el que sus pasiones se estrellen con estruendo en sus impulsividades y sus errores. Tan cerca y tan lejos del desafío espiritual signado en cada vida, es que camina el hombre errando su ruta en la tierra y pretendiendo un lejano e ilusorio firmamento que lo cobije de sí.