domingo, 11 de enero de 2015

Swami Vivekananda: por la Sra. Leonor Bakún




Leonor Bakún

Compartido de forma privada  -  9:48
 
Swamiji – 11/1/15
El Swami fue el único entre todos los discípulos de Sri Ramakrishna que vio en el Maestro, no solamente una persona sino un Principio; no sólo al apóstol de realización y renunciamiento sino también de servicio a la humanidad con espíritu de adoración.
Le fue reservado interpretar la vida de su Maestro y sus enseñanzas desde todos los ángulos. Fue Swami Vivekananda quien habría de traer a la luz este aspecto humano de la multifacética naturaleza de su Maestro disolviendo el esquema que prevalecía en la mente de muchos: que la renunciación y el servicio eran ideas contradictorias que no podían conciliarse sin detrimento de la una o la otra. Y lo concretó y dio forma por medio de la Institución que surgía a la vida bajo el nombre de Ramakrishna Mission para la práctica y prédica del dharma en su aspecto universal. Renunciación y servicio, según él, eran los dos aspectos del ideal nacional de la India  moderna.
Ya mucho tiempo antes él había definido la misión de la Orden de Ramakrishna: "Realizar y combinar los ideales más elevados de Oriente y Occidente" y por primera vez en la historia de India encontramos constituida una orden de monjes cuyo esfuerzo principal está dirigido hacia la evolución de nuevas formas de deber cívico. Esos trabajos deberían ocupar, dentro de la educación espiritual, el lugar de los ejercicios devocionales. Swami Vivekananda consideró el trabajo y el servicio a la humanidad como aptos para alcanzar la misma meta. Se supone que la 'purificación del corazón' quema el egoísmo. Adoración es lo opuesto de utilitarismo; y servir y dar es también lo opuesto. Es así como él santificaba el acto de ayudar al prójimo. Cuidar a los enfermos y alimentar a los pobres habían sido, desde el comienzo, las características de la Orden de Sri Ramakrishna. Cuando Swamiji regresó de Occidente, esta actividad tuvo un nuevo auge encarada sobre una base nacional. El monasterio enviaba sus monjes a prestar socorro en las zonas azotadas por hambrunas; a dirigir los trabajos sanitarios en una aldea o a cuidar a los enfermos y moribundos en un lugar de peregrinación. Un monje fundó un orfelinato y una escuela industrial en Murshidabad; otro, un centro de enseñanza en el Sur. "Estos hombres decía el Swamison los 'zapadores' en el ejército de la religión."
Pero él había nacido para amar y la reina de su corazón era su patria. Por todo aquello que le concernía, su corazón era como una delicada campana de cristal que vibra y se resquebraja a cada tañido. Ni un sollozo interior en el corazón de su amada India dejaba de encontrar eco en él; ni un grito de dolor, ni un temblor de debilidad, ni una humillación que él no haya compartido, sufrido y comprendido. Algo que le preocupaba mucho era la situación de la mujer en India. En una carta a Sister Nivedita del 29 de julio de 1897 le dice: “Con toda franqueza le digo que estoy convencido de que usted tiene un gran porvenir en su trabajo en India. Lo que se necesitaba es una mujer; una verdadera leona para trabajar por los hindúes, especialmente por las mujeres. Su educación, sinceridad, pureza, inmenso amor y  determinación hacen de usted la mujer que, en este momento, India necesita." En una conversación le dijo: "Tengo en mi mente algunos proyectos para las mujeres de mi país, en los cuales creo que usted podría serme de gran utilidad...” Ella escribió que en ese momento acababa de escuchar un llamado que habría de transformar su vida.
Swami Vivekananda deseaba la educación de las mujeres de India y el progreso científico y técnico de su país.  Tenía la convicción de que India no era ni vieja ni caduca sino joven, fecunda en posibilidades, erguida, en los albores del siglo XX, sobre el umbral de grandes descubrimientos. Esa visión estaba implícita en cada una de sus palabras y palpitaba en todas las historias que él relataba. Y cuando desdeñando majestuosamente la búsqueda de excusas o justificaciones se lanzaba fogosamente para reducir a cenizas una falsa acusación o una crítica malévola parecía deslizarse de sus hombros la túnica del monje para dejar entrever la armadura del guerrero.
Un día, en Cashmir, dijo con la simplicidad de un niño: "Basta de protestas. La Madre me dijo: “Si los incrédulos entran en mis templos y profanan mis imágenes, ¿a ti qué te importa? ¿Eres tú quién me protege o soy yo quien te protege?” Estaba convencido de que la fuerza que se consume en la emoción se malgasta y que sólo la fuerza acumulada, puede ser empleada en el trabajo. Así derramaba y esparcía sus pensamientos y sentimientos de esperanza y de amor.

Texto fuente: Vida de Swami Vivekananda por sus discípulos de Oriente y de Occidente