jueves, 6 de diciembre de 2012

LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

Swami Nityabodhananda
   Swami Nityabodhananda

‘Actualidad de los Upanishads’

Conocer la vida es también conocer la muerte. La vida es un gran misterio y para desentrañar ese misterio necesitamos profundizar el sentido y el valor del misterio de la muerte. 

La vida es un constante esfuerzo para trascender la muerte y las facultades humanas que participan en el intento son: la facultad de amar, de conocer y de creer. 

Al amar a los demás, al fundar una familia y tener descendencia, transmitimos a otros un valor por el cual ellos querrán vivir. En ‘Ana Karenina’, la novela de Tolstoi, el chiquillo a quien dan falsas noticias de su madre afirma: “No. Ella me quiere tanto que no puede morir.” 

El niño que ha recibido amor de sus padres, cuando es adulto piensa ‘aunque la vida careciera de sentido y atractivo, valdría la pena de ser vivida aunque sólo fuese por el amor que he recibido de mis padres. Quiero vivir para gozar de ese amor que ha sobrevivido a su desaparición física. Deseo vivir y amar la vida para perpetuar esa esencia en ellos que en mí han sembrado bajo la forma de amor’. 

Sí. Vivimos en nuestros hijos incluso después de morir y ellos a su vez se perpetúan en sus hijos a través del amor. Al transmitir a nuestros hijos el amor, nos hacemos partícipes de la inmortalidad del amor. 

Y puesto que sabemos que amar equivale a vivir, nos resulta lógico creer que después de la muerte continuaremos creciendo y viviendo. 
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Además, la fe nos permite trascender la muerte. En un sentido la fe es una forma de amor, de un amor más profundo. La fe religiosa, por ejemplo, consiste en creer en una divinidad inmortal que se perpetúa a través de todos los cambios; que está en el hombre y también en el corazón de todas las cosas ‘desde lo Brahman hasta la roca’. Casi todas las religiones afirman que los objetos y los fenómenos que percibimos a nuestro alrededor han nacido de Dios, de la inteligencia divina. 

Hay un eterno devenir; este mundo es un eterno devenir de Dios y su fuerza vibra incluso en los objetos llamados inanimados. Vedanta expresa esta fe de la siguiente manera: 

“La Conciencia (Inteligencia de Dios) está dormida en los minerales pero es consciente de sí misma en el hombre. Los Upanishads dicen que el aliento de lo eterno, el Verbo, entró en el principio del hombre y en los dioses y el excedente fue recogido por animales y plantas”. 

La verdadera fe es la certeza de una presencia divina en nuestro corazón, en cada ser y en todas las cosas. Si tal es nuestra fe ¿cómo pensar que la muerte puede destruirnos? La muerte puede únicamente destruir nuestra forma. Después de la muerte lo que es único en nosotros vivirá bajo otra apariencia y en el momento preciso esta forma será de nuevo arrebatada por el eterno devenir que llamamos ‘evolución’ y así sucesivamente, sin fin. La piedra y la planta de hoy serán los hombres del próximo milenio. 

Dice un poeta sufi: 

“Soy muerte mineral y me he transformado en planta; 
soy muerte animal y heme aquí ¡nacido como hombre! 
¿Qué puedo temer? 
Ahora, una vez más voy a morir como forma humana para ocupar 
mi lugar con los ángeles bienaventurados. 
Pero también como ángel deberé morir. 
Todo, salvo Dios, perece. 
Cuando haya renunciado a mi alma de ángel 
me transformaré en lo que nadie ha podido concebir. 
¡Oh, permíteme no tener más existencias! 
Dado que la no–existencia proclama: 
“A ÉL VOLVEREMOS”