lunes, 30 de octubre de 2017

PESCADOR DE ALMAS: Prof. Jose Astigueta




Crónica de un encuentro anunciado
Se me ha pedido que narre mi encuentro con Sri Ramakrishna, es algo muy íntimo que solo he compartidos con los muy cercanos “en espíritu”. Me pregunto: ¿Fue todo casual? No, estoy muy convencido que fue algo que se armó lentamente a través de los años. Es algo como la parábola de Sri Ramakrishna del hombre que tenía un hijo enfermo y pidió algún remedio a todos lo que encontraba y por fin alguien le dio  de un remedio que se fabricaba así: con agua de la lluvia cuando la estrella Svati está en el ascendente; luego, un poco de esa lluvia debe caer espontáneamente dentro de una calavera; seguidamente una rana debe acercarse y beber de esa agua, luego  una serpiente debe tratar de cazarla; cuando la serpiente esta por picar a la rana, ésta debe dar un salto  y el veneno caer dentro de la calavera. Luego hay que dar de beber al enfermo un poco de ese veneno y agua (Evangelio de Sri Ramakrishna, Tomo III p 187). Estas acciones imposibles, se dieron en mi encuentro con Sri Ramakrishna. ¿Cómo junté todos estos ingredientes, no lo sé?, seguramente que hubo muchos más elementos que ni siquiera puedo sospechar?
Mirando retrospectivamente atrás, siempre hubo en mi un sentido de un mundo más allá de lo material. Mi religión de nacimiento el Catolicismo Romano, me dio las alas para la búsqueda de ese Aquello inmaterial. Pero al mismo tiempo me llenaba de miedos, con demonios, castigos y lo más terrible de todo: “la ira de Dios”. La lectura de la Biblia me llenaba de preguntas y sobre todo en el antiguo testamento encontré inconsistencias irreconciliables. Mis clases de catecismo era censurado o ridiculizado por mis disquisiciones, y cuando la cosa se ponía mal para ellos, me decían: “Nosotros estamos en la verdad, la Verdad no se discute, el hacerlo nos lleva a pecar contra el Espíritu Santo”. Exigían que mi razonamiento quedara atrapado dentro de ese silogismo. Una mente racional sana nunca debe quedar así encerrada, pues ansía la libertad de pensar. Debo aclarar que estoy hablando de un catolicismo de mediados del siglo pasado, la de hoy en día, ya es otra cosa. La misa me aburría, y lo único que rescato era ese momento santo de la comunión (no duraba más que 5 minutos), en el que encontraba mi puertita al mundo del espíritu.
Al ir creciendo seguí empecinado con ese mundo espiritual que solo me daba un leve indicio de su existencia. Pero por mi inclinación racional, mi mente se iba abriendo cada vez más al mundo de la ciencia. En ese la duda no era algo malo, sino más bien, la herramienta fundamental del trabajo sobre el que sostenía el mundo racional, allí no había nada que temer pues se liberó de la superstición y de la ignorancia. Por otro lado el ateísmo positivista nunca me apeteció, como a tantos de mis compañeros de ciencia. Siempre mantuve la convicción de un “Gran Arquitecto” que estableció y armó las leyes del universo. Claro está que el Dios personal se me iba diluyendo en un océano de “Consciencia Inteligente”. Mis ídolos científicos Newton, Einstein, Schrödinger sostenían una actitud similar, lo que me daba cierta paz mental y me animaba a seguir sus pasos filosóficos.
A la par de mi ciencia, fui alimentando mis inquietudes artísticas, especialmente los campos de música y pintura.  En pintura me surgían imágenes obsesivas a las que tenía que dar forma una y otra vez. La principal se trataba de un paisaje medio desértico circundado por una pared que ocultaba el horizonte. La pared estaba construida caprichosamente, acercándose alejándose del observador del cuadro, pero siempre manteniendo el horizonte oculto. Del otro lado de la pared se observaba el cielo y nada más. En una entrada angular de la pared hacia el horizonte vemos un hombre como atrapado de este lado de la pared. Yendo hacia la izquierda la pared se acerca al observador y vemos un agujero grande con forma de corazón.
  
En su momento esto me resultaba locura, nada tenía sentido alguno para mí; pero, sin embargo, el desvelo seguía allí… Sabía que esto me estaba diciendo algo importante para mi vida, pero, ¿de qué se trataba?
Por otro en la música me surgía espontáneamente canciones con letras que también me llenaban de intriga, sin embargo, en ellas encontraba un profundo gusto estético. Una de ellas fue esta:

Alicia se despierta de su país de maravillas
Ella no se quiere despertar

Pues dice que esta no es su realidad
Alicia no sueñes más, Alicia no sueñes más, Alicia no sueñes más


A Alicia la quieren trasplantar,
a otra realidad
Un sueño dentro de otro
Una realidad dentro de otra realidad
Alicia no llores más, Alicia no llores más, Alicia no llores más.

No está mal aclarar aquí, que esto ocurría en plena época psicodélica de los 60.  Milagrosamente no caí en drogas por mi racionalidad científica, que contrabalanceaba toda esta locura.
La parte religiosa seguía teniendo su lugar, en el campo de la acción. Se manifestaba en mis trabajos como “Vicentino”, se trataba de un movimiento de la Iglesia católica, basado en San Vicente de Paul. Se caracterizaba en servir a los pobre y enfermos. Esto me hacía sentir bien, por ser algo valioso para los hermanos más olvidados. Esto lo hacía junto con mi novia María Eugenia, que más adelante sería mi esposa.
Me tocó una facultad en plena dictadura militar de Onganía, Levingstone y Lanusse. Una época oscura de nuestra historia, pero mucho más leve de lo que sería la dictadura militar del 1976. Allí en la facultad me encuentro con los grupos marxistas, que luchan activamente contra la dictadura militar con la esperanza de instalar un régimen marxista en Argentina. Ciertamente, no estaba con la dictadura militar pero tampoco participaba de la filosofía marxista-leninista atea. Esto me llevó a vivir largas discusiones filosóficas con estos activistas, donde aprendí lo pobre de mí preparación filosófica, mi base católica no veía con buenos ojos los filósofos modernos, esa situación, me sentía era como una hoja en el viento pues las pobres bases de argumentativas que poseía me llevaban de un lugar a otro. No tenía una filosofía sólida que me diera bases sólidas, que me permitieran sostener una discusión coherente intelectualmente. La teología es solo para los religiosos creyentes en la biblia como la verdad última. Me di cuenta que mi pobreza intelectual estaba basada en un temor reverencial, ¿cómo iba a exponer mis en dudas sobre las verdades eternas de la iglesia? Quizás esa autoridad amenazante de la iglesia de ser dueños de la verdad, lo que bloqueó mi búsqueda intelectual honesta, de la realidad que me rodeaba.  Mi lado científico me estaba una exigiendo ruptura con la teología, para pararme en una base científica sólida. Tenía que tomar coraje y buscar por mí mismo los valores espirituales que sentía en lo profundamente de mi corazón. Empecé a hurgar en variadas filosofías, fue en las ontologías monistas donde me sentía más más a gusto. Con esta onda de pensamiento encontré gusto en los griegos presocráticos, Plotino, Platón , Spinosa, Berkeley y Hegel. Estos a su vez, me llevaron a leer “Siddharta” de Herman Hesse, “La Luz de Asia” de Arnold Erwin empecé a respetar el Orientalismo Budista, por otro lado, el hinduismo seguía siendo para mí, lo que siempre me enseñaron siempre, una religión idólatra de bárbaros.
Ahora viene la época más siniestra de mi vida, cuando tuve que cumplir mi servicio militar, en medio de una terrible violencia entre de las guerrillas y la triple A. Viví plenamente ese horror institucional llamado “ejército argentino”, esa época fue violenta y demencial. Ese mundo que enfrenté, me convenció de su locura y de la pobreza de sus valores. Vi el sufrimiento inagotable de todos los que ponen todas sus fichas en este mundo material. Así, mi alma gritaba desde lo profundo: ¿Si hay un Dios, como es que cierra sus ojos a toda esta locura de injusticias y abusos? Justamente, para superar este vacío me refugié en la idea que debía haber un lugar en donde si existía la justicia, el amor y la paz. Fue la beatífica figura de Jesús era lo que me permitió sobrevivir este período espanto, fue Él quien me condujo sano y salvo a través de ese valle de lágrimas.
A ese año de oscuridad le siguió un período feliz donde me casé, tuve mis tres hijos, escapé de la ciudad para vivir naturaleza lo más cercano posible, fue Bariloche el lugar elegido. Trabajar en el Centro Atómico, fue lo que me permitió tener una subsistencia razonable. Una vida tranquila se sobrelleva bien y el problema de Dios se limitaba a una misa por semana y a confesiones cada tanto. El calor del hogar nos anestesia, de la problemática existencial, nos convencemos de alguna manera, que el buen cumplimiento de nuestros deberes desviará las maldades y dolores que pueda enviar el destino. Pero no es así, el tiempo nos enseña que los golpes y las vicisitudes vienen a pesar de nuestros esfuerzos. Vienen a despertarnos de esa modorra inmadura de mundos perfectos.
Al crecer en mi profesión fui adquiriendo responsabilidades cada vez más duras y difíciles de cumplir. Me convertí a través de duras pruebas y desafíos, en un buen jefe de proyecto, de la necesidad aprendí lo esencial de un proyecto, el arte de dirigir gente de las más variadas profesiones, el saber aprovechar bien de los recursos disponibles y lo más importante de todo que es el “Conocimiento” lo que da el poder de desatar cualquier nudo por complicado que sea. Así, la vida en sí se convierte en un proyecto y un proyecto sin fin definido nunca llega a nada.  Como bien dice una canción de George Harrison: “Si no sabes a dónde vas, cualquier camino te puede llevar allí”. Así en medio de la vorágine de mis duros trabajos, busqué esa meta que me diera un propósito a la vida.
Empecé a buscar a un sacerdote que pudiera ser mi director espiritual, pero en Bariloche, en ese tiempo se trataba de un pequeño pueblo de 40000 personas y contaba de media docena de sacerdotes, lo que no me daba una buena chance para encontrar la persona que buscaba. Necesitaba alguien de mente abierta, racional y con una sólida formación intelectual; ninguno de esos sacerdotes, de ese entonces, cumplía con las tres condiciones. Si bien había amistad, no encontré el guía, pues la fe ciega era para mí, algo totalmente fuera de lugar.
En esta sucesión de hechos, ahora viene un momento muy especial, que sucedió en medio mi trabajo: “una experiencia de muerte”. Estaba terminando unos detalles de una planta química, en ese momento estaba parado sobre una plataforma de hierro.  En la base de esa estructura habían baldeado con agua. La mala o buena fortuna hizo que me quedara agarrado a un cable de 380 volts. En esa situación la corriente entraba por mi mano y salía por mi espalda que se apoyaba en la plataforma de hierro. De ese modo quedé paralizado, no podía gritar para pedir ayuda. De inmediato luché con todas mis fuerzas, pero nada podía hacer, me di cuenta que era inútil luchar, pues ya no tenía dominio alguno sobre mi cuerpo. Recuerdo claramente que pensé: “Ah de esto no me salvo, me estoy muriendo”, al aceptar este hecho, que parecía inexorable, justamente en ese instante me invadió una gran paz, de inmediato me sentía enormemente aliviado, era como perder peso del cuerpo. Advertía que me iba alejando, era como si volara hacia una luz, y sentí una dicha enorme… Luego me desconectaron y volví a mi cuerpo quemado en la mano y en la espalda.  Esta experiencia me convenció definitivamente de que hay algo más allá de la muerte, y más real que esta misma vida.           

“Alicia se despierta de su país de maravillas
Ella no se quiere despertar,
Pues dice que esta no es su realidad,
Alicia no sueñes más, Alicia no sueñes más, Alicia no sueñes más.”

Mis letras psicodélicas ahora toman una dimensión insospechada, se habían anticipado a mis experiencias: Un sueño dentro de otro, una realidad dentro de otra realidad. Si vivimos en un sueño, la pregunta: ¿cómo despertar?

En las clases de química que dictaba en la Universidad del Comahue, había un alumno de mi misma, edad 29 años. Teníamos agradables charlas después de mis clases, y siempre terminaba invitándome a un curso de Meditación Transcendental (MT); a las siempre declinaba educadamente. Pero como suceden con estas continuas invitaciones, al final acepté y comencé con la MT, fue ahí que descubrí la “meditación”. Esto revolucionó mi vida, fue como encontrar un viejo amigo, estaba en mi sistema esperando ser descubierto. Ahora podía sentarme en medio de la naturaleza y comulgar con ella, era una unión imposible de describir, ¿cómo un estado esencial? En algunos momentos sentía esa misma “liviandad” que viví en mi experiencia de muerte. ¡Esto era el camino tan anhelado! Hice todo lo que la MT me ofrecía, pero ello solo aumentaba mi sed por más. Era como querer apagar un incendio con nafta. En ese estado comencé a leer todo lo Oriental que podía conseguir. Aurobindo, Ramana Maharshi, Yagananda, Shivananda, y otros que ni vale la pena de mencionar. Hasta que me cayó en mis manos el Raya Yoga de Swami Vivekananda, eso revolucionó aún más la locura en que me encontraba. Estudié el libro renglón por renglón, el haber encontrado un método científico para la “meditación” ,para mí, estaba más allá de toda expectativa. Después vino Gñagña Yoga, ahí estaba la filosofía que tanto busqué, descubrí la Vedanta: Religión y Filosofía todo en un sólo paquete. ¿Qué más podía pedir? Sin embargo, a esto le siguió las “Sagradas enseñanzas de Sri Ramakrishna”, encontré la respuestas de todas mis dudas y preguntas, en la forma más sencilla. Me identifiqué plenamente con la parábola de la rana en el pozo (enseñanza 1080, Sagradas enseñanzas…), si hasta aquí había vivido en un pozo dogmático que negaba la existencia del único océano espiritual. Finalmente, llegué al Evangelio Sri Ramakrishna tomo I (los otros volúmenes II Y III no se conseguían en ese tiempo en las librerías), ¿quién no se enamora de la humildad, sencillez, sabiduría de Sri Ramakrishna? Allí en la última página vi escrito Gaspar Campos 1149 Bella Vista.
Como ya comenté estaba en un estado de gran ansiedad, cosa que se agravó aún más, al empezar con pranayamas peligrosos, en donde practicaba largos períodos de control de aliento o kumbhaka. De este modo, perdí el equilibrio de mi vida con grandes chances de perder mi matrimonio y el trabajo también. Fue en ese preciso momento que llegué a los pies de mi Gurú, Swami Paratparanandaji. Había pedido una entrevista con él por teléfono. En el día y hora convenida, él me esperaba en la galería del Ashrama de Bella Vista. Al verme entrar y a 12 metros de distancia me dijo con severidad: “Deje de hacer esos pranayamas o se volverá loco”. Me acerqué le estreché con cierto temor la mano (aún novato) y conversamos. Durante la conversación su cara severa mudo a una sonrisa angelical al enterarse mi amor y reverencia por Ramakrishna y Vivekanada. Al término de la entrevista comprendí: Él es a quien tanto busqué…
Queda solo un tema más para resolver, cuando recibí práctica del Swami Paratparanandaji me preguntó: ¿Quién es su Ishtam? En ese momento no podía ser otro que mi buen Jesús, por lo que le respondí: Jesús. Me escudriñó un rato en profundo silencio y dijo: Bien que sea Jesús.
Al llegar a casa hice un altar en mi casita o templito y puse la figura del Sagrado Corazón, comencé con las prácticas recibidas. Todo marchaba bien, mi ánimo se había calmado y mi equilibrio fue restablecido, sin embargo, algo faltaba. Usando la parábola de Sri Ramakrishna al principio de esta narración, faltaba un detalle final: el veneno de la serpiente tenía que caer en la calavera para mezclarse con el agua de lluvia caída cuando la estrella Svati, estaba en ascendente. Mientras tanto seguía con las lecturas de los tomos II y III del Evangelio de Sri Ramakrishna, que había comprado en el Ashrama de Bella Vista y al llegar al tercer tomo del evangelio página 149, leo lo siguiente:

El ego de las Encarnaciones y otros íshvarakotis es un “ego” tenue a través de él, ellos tienen una ininterrumpida visión de Dios. Tomemos el caso de un hombre junto a una pared, a ambos lados de la cual se extienden praderas hasta el infinito. Si hay un agujero en la pared, a través de él puede ver todo lo del otro lado; y si el agujero es grande, puede hasta pasar por él. El ego de las Encarnaciones y otros íshvarakotis es como la pared con un agujero. A pesar de que ellos permanecen de este lado de la pared, aun así, pueden ver la pradera sin fin que hay del otro lado. Es decir que, a pesar de tener un cuerpo humano, están siempre unidos con Dios. Además, si quieren, pueden pasar a través del gran agujero, para el otro lado y permanecer en samadhi. Y si el agujero es suficientemente grande, pueden ir y volver a través del mismo. Es decir, que, a pesar de estar establecidos en samadhi, pueden volver a descender al plano del mundo.”   

Esta fue la estocada final, el veneno cayó dentro de la calavera, porque ahí estaba mi cuadro explicado hasta con el más mínimo detalle, o por lo menos lo era para mí. El agujero grande en forma de corazón era el bhakti que mi Gurú me había pedido practicar. Entendí así, que mi Ishtam debía ser Sri Ramakrishna. Claro está que para mí no hay diferencia alguna entre Jesús y Ramakrishna.